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La
reflexión acerca de la
interferencia de la vanidad en
el modo que tenemos de evaluar
a las personas y las funciones
que ejercen éstas en la
sociedad, merece especial consideración.
En nuestro ambiente cultural las
personas consideradas importantes
son las que consiguen destacarse,
llamar la atención sobre
sí. El destaque, sabemos,
produce un placer erótico
muy valorado y no son pocas las
personas que consideran este tipo
de conquista como la gran fuente
de la felicidad. Es importante
resaltar que, si esto es verdad,
la gran mayoría de la humanidad
está condenada a la infelicidad
eterna, a arder de envidia y a
buscar medios moralmente poco
legítimos para alcanzar
algún tipo de notoriedad.
El
destaque tiene muy poco que ver
con la efectiva utilidad de aquella
determinada persona en la vida
en sociedad. Una mujer linda que
no haya hecho nada de relevante
puede ser un personaje destacado,
admirada y extremadamente valorada
en su entorno. El hijo de un empresario
de éxito, heredero de una
fortuna que nada hizo para merecer
– a no ser la suerte de
haber tenido a aquel ciudadano
como padre – puede desfilar
por las calles con un cochazo
y llamar la atención de
forma espectacular. Esas personas
se hacen famosas y, hoy día,
se les llama celebridades. Son
admiradas; sus vidas se transforman
en fuente de gran curiosidad para
la “gente corriente”.
Pasan a representar el sueño
de vida de los adolescentes y
su modo de ser y de vestirse es
imitado por la gran mayoría.
Lo
pernicioso de este tipo de “clasificación”
de las personas, definido por
la competencia para llamar la
atención de las otras,
es más que evidente. Impulsa
a los jóvenes a la búsqueda
desenfrenada de destaque y los
aleja de actividades increíblemente
gratificantes, importantes y útiles.
Es más, la palabra “importante”
ha acabado por estar relacionada
tan sólo con la notoriedad
que el individuo consigue obtener.
Importante es quien se destaca,
quien es rico, bello, delgado,
reconocido por la calle…
No hay, por lo tanto, correlación
alguna entre la importancia y
la utilidad social de la actividad
que ejerce la persona. Lo que
está implícito en
este tipo de tratamiento es que
las actividades esenciales a la
vida en común pasan a ser
consideradas como menores, como
secundarias.
Existe
una completa subversión
de valores. En los días
en que vivimos, el importante
es quien aparece en los periódicos
o revistas. Algunas actividades
determinan este tipo de destaque
y tienen que ver, por norma, con
ciertas actividades artísticas
o con asuntos de belleza, de interés
para las grandes empresas. Fuera
de esto, son famosos los chef
de cocina, los médicos
que están “de moda”,
los arquitectos que hacen obras
prestigiadas, etc. No se trata
de desconsiderar estas actividades.
Lo esencial es que existen actividades
de extrema valía y utilidad
social que no son valoradas lo
más mínimo. Lo más
triste es que las que no son prestigiadas
implican una remuneración
mucho menor que aquellas que traen
la fama. Así, fama y fortuna
caminan juntas.
Un
actor de televisión es
famoso, prestigiado y está
muy bien remunerado. Lo mismo
vale para el cirujano plástico
que consigue alguna notoriedad.
Ahora bien, el enfermero, el profesor
de primer grado, el policía,
la secretaria, ¡valen muy
poco! Es trágico, porque
pocas son las actividades más
importantes y útiles que
las que acabo de señalar.
La persona que enseña a
nuestros críos a leer y
a escribir gana sueldos irrisorios
porque ejerce actividades que
nuestra sociedad no valora. Sí,
porque lo que se gana define la
forma en cómo la comunidad
evalúa la relevancia de
determinado trabajo.
Es
difícil no indignarse frente
a tanta injusticia. No estoy despreciando
las actividades que generan destaque.
Estoy intentando transmitir la
idea de que deberíamos
prestigiar a aquellas personas
que, sin alarde, cuidan del día-a-día
de los enfermos, de la formación
intelectual de los críos,
de la seguridad de nuestras ciudades
y carreteras. ¿Qué
decir entonces de los bomberos,
llamados siempre que las catástrofes
nos devastan? Obtienen cierto
destaque en la prensa durante
aquellos pocos días en
que la tragedia es noticia y después
se sumergen en el anonimato. Esto
no les molesta y, en todos los
países, sólo han
dado demostraciones de amor y
orgullo por lo que hacen. Tales
personas, que extraen satisfacción
intrínseca de la actividad
que ejercen, son poseedoras de
buena auto-estima y muchas son
bastante más felices que
los ricos y famosos. Aún
así merecían un
trato más considerado por
parte de nuestras comunidades.
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