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Siempre
me ha intrigado el hecho de que
la mayor parte de las personas
más inteligentes que he
conocido es poseedora de una vanidad
mucho mayor que la de la mayoría
de las personas. Claro que existen
fallos en esta evaluación
subjetiva, incluso porque no tenemos
medios efectivos de cuantificar
la vanidad (y mismo la evaluación
de la inteligencia no siempre
se hace con exactitud). La ambición
también parece guardar
alguna relación con la
inteligencia: las personas mejor
dotadas sueñan con posiciones
más altas para sí
mismas; lo hacen por sentirse
competentes para disputarlas y
también porque parecen
tener mucha necesidad de este
tipo de “alimento”
para la vanidad.
Las
personas más inteligentes
y ambiciosas (las que hacen cualquier
tipo de esfuerzo – o eventuales
actos dudosamente éticos
– con el propósito
de alcanzar sus objetivos prácticos)
constituyen la elite, aquel grupo
que se destaca de la media y al
que correspondería dar
dirección a la vida en
sociedad. Deberían hacerlo
en nombre de los intereses de
todos. Sabemos que no proceden
así y que tan sólo
cuidan de sus propios intereses.
Lo que también ha de quedar
claro es que no cuidan de los
intereses de los demás
miembros de su casta: las personas
triunfadoras lo disputan todo
unas con otras. No existe solidaridad
alguna entre los socios de un
yate club y todos disputan ser
el propietario del barco de mayor
tamaño. Hay más
solidaridad entre los integrantes
de un barrio de la periferia que
en los edificios de lujo.
La
elite no es homogénea:
están los más ricos
(empresarios, profesionales liberales
con éxito, artistas y deportistas
destacados, etc.) y también
aquellos que se destacan por la
actividad intelectual (profesores
de ciencias humanas, científicos,
artistas plásticos, etc.).
Mantienen una rivalidad entre
sí, siendo que estos últimos
suelen considerarse humanistas,
más preocupados con los
destinos de la mayoría
de la población, y les
agrada exhibirse como poseedores
de un saber superior. Los ricos
no soportan estar en condición
de inferioridad ante quien sea;
los que se vuelcan más
hacia el saber, ¡tampoco!
Así, los ricos disputan
entre sí y además
con los intelectuales; los intelectuales
disputan entre sí y con
los ricos (emplean las citas bibliográficas
con la misma virulencia con que
los ricos emplean el dinero).
Entre los miembros de la elite
casi no hay amigos.
Los
que tienen más éxito
venden la imagen de que son personas
más felices; no es verdad.
Una evaluación cuidadosa
demuestra que son personas que,
durante los años de la
infancia, han comprendido que
no estaban dotados con la cota
de privilegios innatos que les
gustaría poseer, y que
no llegarían a destacar
de forma automática. Gracias
a su inteligencia privilegiada,
pasaron a considerarse altamente
desfavorecidos, puesto que querían
poseer todo aquello que se considera
lo mejor. Algunos eran más
bajos; otros, menos aptos para
los deportes; otros, poseedores
de una nariz inadecuada; y así
en adelante. Se han servido de
sus potencialidades y las han
transformado en actividades que
también generan destaque,
supliendo así las frustraciones
que tanto les amargaban.
La
fórmula sería más
o menos esta: niños (y
más tarde adultos) frustrados
en su vanidad (ya que no llamaban
la atención ni se destacaban,
como les ocurría a otros)
y poseedores de un tipo de inteligencia
que no acepta con docilidad sus
limitaciones e imperfecciones,
desarrollan una enorme frustración
por no haber sido tan favorecidos
por el destino como les gustaría
ser. Deciden que se empeñarán,
algunos tan sólo por medios
lícitos, y otros por cualquier
medio, en revertir su condición.
A esto se denomina ambición,
postura altamente estimulada por
nuestra cultura (poco atenta al
dudoso carácter de su motivación).
La ambición trae consigo
competición, esfuerzos
para destacar que hacen a los
triunfadores alegrarse cuando
provocan algún tipo de
malestar (humillación,
envidia) en las demás personas.
Así,
tal vez sea una de las vías
por las que caminan las peores
emociones y las más nefastas
acciones que presenciamos en nuestra
vida social. Si la vanidad estuviese
implicada tan sólo en este
tipo de desastres, sería
ya una emoción susceptible
de ser mejor estudiada y comprendida.
Pero aún hay mucho más…
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