Arthur
Koestler, en su libro “Jano”,
señala una peculiaridad
del ser humano muy poco estudiada
por la psicología.
La denomina “tendencia
integrativa”, mediante
la cual cada uno de nosotros
se pierde – como individualidad
– muy fácilmente,
tornándonos parte de
una unidad mayor, una colectividad.
Y además, que tal colectivo,
cuando sujeto a una jefatura
adecuada – y que se
cimienta en alguna media verdad
– puede ser capaz de
atrocidades brutales en relación
a otros grupos humanos; puesto
que cada criatura individualmente
sería absolutamente
incapaz de tales acciones.
Siendo así, Koestler
considera que esta propiedad
integrativa es de la mayor
importancia, pues sería
la gran responsable por las
guerras y destrucciones de
semejantes en una escala mucho
mayor que los crímenes
individuales. Y además,
que a partir de la aparición
de bombas nucleares tal aspecto
cobra un carácter de
mayor gravedad, puesto que
estamos constantemente amenazados
por la destrucción
total.
La historia está repleta
de ejemplos de eso a que se
refiere Koestler, de modo
que pueblos enteros son capaces
de matar y morir en una forma
completamente diferente a
las reacciones que tendrían
si estuviesen comportándose
como seres individuales y
no como parte integrada de
una colectividad. E incluso
personas más cultas
e inteligentes, dotadas de
fuerte sentido ético,
están sujetas a este
tipo de emociones durante
todo el tiempo; y esto tanto
en lo que se refiere a cuestiones
más serias de la nacionalidad
y religión (¿cuál
de nosotros no se emociona
al oír el himno nacional,
aunque tenga fuertes dudas
acerca de la validez del nacionalismo?),
como también al expresar
apoyo a nuestro equipo de
fútbol favorito. La
música popular de nuestra
tierra nos emociona de un
modo todo particular, despertando
en nosotros esa agradable
sensación de pertenecer
a algo mayor que el propio
yo. Nos sentimos diluidos,
integrados en una determinada
colectividad; nos sentimos
protegidos, amparados y, con
facilidad, miramos los intereses
del grupo como algo más
importante que nuestra propia
vida. Como ejemplo vivo de
lo que estoy intentando transmitir,
reproduzco algunos versos
de Elomar, compositor baiano
de la mayor importancia: “Adiós,
adiós, mi serranía/
Querida cuna donde nací/
Si es que te hacen guerra
un día/ Tu hijo vendrá
a morir por ti” (Na
Quadrada das Águas
Perdidas).
Me parece fácil entender
que tal tendencia integrativa
– y que yo considero
mejor denominar gregaria –
es co-responsable de grandes
mortandades y destrucciones,
pero también está
en la raíz de varios
comportamientos constructivos,
en correspondencia con lo
que se suele denominar solidaridad.
Las personas pueden abrir
mano de sus intereses personales
también con la intención
de colaborar para que sean
mejores las condiciones de
su grupo social, familiar,
etc. Es evidente, también,
que la práctica nos
enseña que son mucho
menos frecuentes las manifestaciones
colectivas de este tipo. Tampoco
me espanta que la psicología
no haya dado la debida importancia
a esa cuestión, como
de resto ha sido extremadamente
negligente en lo que concierne
a la mayoría de las
cuestiones esenciales –
como por ejemplo, el amor,
la envidia, la agresividad,
los celos, etc. Esto apenas
significa que todavía
estamos en pañales
respecto de la capacidad de
entendernos a nosotros mismos,
cosa que tal vez sea de las
más difíciles
y penosas.
Intentaré arrojar alguna
luz a la cuestión de
la tendencia gregaria en nuestra
especie. Tomaré por
base los conceptos teóricos
que he venido desarrollando
en los últimos años
y que son contenido básico
de mis libros. Siendo tal
tendencia muy fuerte en todos
nosotros, muchas veces más
fuerte incluso que la razón
– nos es casi imposible,
por ejemplo, ponernos en contra
de Brasil en una Copa del
Mundo, aunque nos parezca
interesante que tuviese lugar
una derrota -, probablemente
tendrá que ser entendida
como parte de los procesos
instintivos, que pueden tener
influencia capital sobre nuestro
modo de ser.