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Muchos
padres vacilan en imponer castigos
y límites a los hijos,
por miedo a perder su estima e
incluso su custodia, si un día
la pareja llegase a separarse.
Hemos de pensar seriamente en
cómo estamos educando a
los niños, ya que es en
la infancia cuando se establecen
los procesos psíquicos
que habrán de acompañarnos
durante el resto de la vida. Parece
darse hoy día una grave
inversión de valores: los
padres han pasado a tener más
miedo de perder el amor de los
hijos, que los hijos el de los
padres. Como el pavor de perder
el afecto y la admiración
de los padres siempre ha sido
el gran estímulo para que
los críos aprendiesen a
comportarse según los patrones
de su medio cultural, hoy día
la mayor parte de los adultos
se ve sin medios para educar y
actuar con firmeza.
Esa
situación puede ser muy
agradable para los críos,
pero sólo a corto plazo.
Ellos no tienen que enfrentar
muchas situaciones de frustración
– hay que ver, es increíble
cómo se confunde frustrar
con “traumatizar”
– y ¿qué acaba
sucediendo? No se encuentran en
absoluto preparados para lidiar
con ese tipo de dolor psíquico.
Todos nosotros sabemos que la
vida contiene una buena dosis
de frustraciones; los que crecen
sin preparación para absorber
ese sufrimiento serán los
más débiles. Tendrán
que huir de situaciones nuevas
y de desafíos, pues nunca
se sabe cuándo tendrá
lugar el éxito y cuándo
el fracaso. No tendrán
docilidad para enfrentar sus amarguras:
serán personas que gritan
y patalean contra todo lo que
les desagrada. Tendrán
que actuar como tiranos, intentando
siempre doblegar la realidad a
sus deseos. Intentarán
controlarlo todo, inclusive a
las personas con quienes conviven
y de las cuales dependen.
Además
de eso, la poca firmeza y falta
de autoridad de los padres hacen
al crío sentirse inseguro
y desamparado. Percibir que existen
límites, que los adultos
saben lo que es bueno para él,
le aporta sensación de
protección. Muchas veces
el chico comete deliberadamente
un acto absurdo, tan sólo
para certificarse de que existen
represalias, y, por lo tanto,
que hay adultos fuertes y firmes
en los cuales él puede
confiar y sentirse, a través
de esa reacción, cobijado.
Si
es tan obvio el perjuicio de una
educación de ese tipo,
¿por qué, entonces,
tantos padres prefieren no frustrar
a sus hijos, tornándose
permisivos para con los pequeños
y grandes caprichos? Las razones
son varias, pero voy a señalar
tan sólo una, que ha adquirido
importancia en los últimos
15 años. Está ligada
al riesgo del divorcio.
Hoy,
al contrario de lo que ocurría
hasta hace pocas décadas,
las personas ya se casan pensando
en la hipótesis de que
un día lleguen a separarse.
Eso hace que sientan una enorme
necesidad de ser una madre –
o un padre – muy especial,
para que los críos lo prefieran
en la hipótesis de la separación.
Y hace también que los
padres se liguen más intensamente
a los hijos que al cónyuge,
pues ese tipo de vínculo
parece más sólido
y estable.
La
mayor parte de las parejas disputa
y rivaliza entre sí. Ser
el preferido de los hijos ha pasado
a ser un nuevo ítem en
esa competición disparatada
que existe entre los sexos. Como
suele ocurrir cuando emociones
negativas se tornan más
importantes que reflexiones ponderadas,
el deseo de vencer la disputa
se hace más significativo
que educar a los hijos con propiedad,
preparándolos para la vida
que habrán de enfrentar.
Y son esas parejas las que acaban
divorciándose; en ese caso,
entonces, ser el preferido de
los hijos es la suprema victoria;
es un tipo de humillación
y venganza contra el ex-cónyuge.
Con
la actual inestabilidad de los
matrimonios podemos aprender cosas
importantísimas sobre la
situación emocional de
los adultos. La principal es que
la forma en como vivenciamos nuestros
vínculos amorosos es totalmente
inmadura, infantil. Bajo el punto
de vista sentimental, la mayoría
de nosotros reacciona exactamente
como los críos, como nuestros
hijos. No les imponemos cosas
porque tememos poner en riesgo
nuestra relación con ellos;
¡podrían no amarnos
igual que antes! Sin estabilidad
conyugal, sin poder confiar en
el amor del marido, o de la mujer,
acabamos por garantizarnos mimando
y siendo esclavos de los hijos.
Consideramos que ellos no nos
abandonarán – por
lo menos no a corto plazo.
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