Sólo
existe auto-estima cuando una
persona vive según sus
ideas, sin ofender el código
de valores que ha construido
a lo largo de la vida. Una persona
para quien la honradez es fundamental,
podrá hacerse rica si
acepta un soborno, pero su auto-estima
caerá, inevitablemente.
No es posible que alguien se
aprecie, que tenga un buen concepto
de sí mismo, si está
procediendo en desacuerdo con
sus principios.
Los
valores de cada persona, así
como los de cada sociedad, varían
mucho y dependen fundamentalmente
del ambiente en que ha crecido.
En los primeros años
de vida, incorporamos esas normas
con objeto de agradar a los
adultos que son importantes
para nosotros. Hemos aprendido
sus valores y los hemos adoptado
porque ese es el camino para
ser amados por ellos. Los adultos
se sirven de esa necesidad que
tienen los críos, de
ser protegidos y acariciados,
como instrumento para educarlos,
o sea, para transmitir a la
nueva generación las
normas de aquella comunidad.
Pero
eso es tan sólo el principio
del proceso. A partir de cierto
punto de nuestro desarrollo,
pasamos a contestar los valores
que nos han sido impuestos por
la educación. Esto puede
hacerse de un modo bastante
desvergonzado y grosero, negando
apenas por negar todo cuanto
nos han enseñado (y son
muchos los adolescentes que
actúan así).
Sin
embargo, también podemos
reevaluar nuestros principios
de modo más sofisticado,
comparándolos con otros
puntos de vista o sometiéndolos
a una experimentación
en la vida práctica.
Si hemos sido educados, por
ejemplo, para no transigir,
convirtiéndonos en personas
rígidas y prepotentes,
esto puede atraernos muchos
enemigos y alejar a las personas
que apreciamos. La práctica
de la vida en ese caso podrá
enseñarnos a tener más
“juego de cintura”,
o sea, a aflojar un poco más
nuestros criterios en cuanto
a la libertad y a los derechos
de cada persona.
Siempre
que modifiquemos nuestros valores
debemos conseguir modificar
también nuestra conducta.
El objetivo de esto es hacer
que podamos vivir de acuerdo
con nuestras ideas, condición
indispensable para una auto-estima
positiva. Pero otra condición
se impone para una buena auto-estima:
llevar una vida productiva,
en constante evolución.
Si
a una persona le gusta cocinar,
tenderá a dedicarse a
esa actividad. Será capaz
de evaluar sus avances por medio
de la reacción de las
personas que prueban su comida,
y no sirve de nada negarlo:
somos dependientes de las reacciones
de quienes nos rodean y nos
son queridos. Los elogios reforzarán
sus convicciones de que está
en el buen camino, mientras
que las críticas indicarán
la necesidad de corregir la
ruta.
Con
el pasar del tiempo y el crecer
de la experiencia, ella sabrá
evaluar la calidad de su comida
por sí misma, tornándose
menos dependiente del juicio
de los demás. Su auto-evaluación
va haciéndose más
importante que la de los otros.
Su auto-estima va cristalizándose
en un nivel alto, sólido
e independiente del ambiente.
Pero
es importante resaltar que esta
imagen positiva de uno mismo
no puede ser construida de la
nada. De nada sirve que la persona
se mire todos los días
al espejo y diga: “Yo
soy una persona estupenda, merezco
las cosas buenas de la vida,
yo me amo.” Actuar así
es creer que es posible engañarse
a sí misma con discursos
bonitos y falsos. Hemos de actuar
siempre de acuerdo a nuestras
convicciones, llevar una vida
productiva y perfeccionarnos
en aquello que hacemos.
No
importa cuál sea la actividad,
necesitamos relacionarnos con
nuestro medio y recibir de él
signos positivos de que nuestra
acción es buena y de
que está en permanente
evolución. Si una persona
no hace nada, no se dedica a
ningún tipo de actividad,
no tendrá la menor oportunidad
de disfrutar de una buena auto-estima.
Ella no se somete a prueba para
saber cuál es su valor,
y la duda echa abajo la auto-evaluación.
Y de nada sirve colocar una
máscara y salir por ahí
con aires de quien “se
ama, y mucho”. ¡Eso
no engaña a nadie!