Siempre
que me formulan cuestiones
como la del título
de esta columna quedo admirado
con nuestra ignorancia,
principalmente acerca de
las cosas más sencillas.
Intentaré hacer algunas
observaciones sobre el asunto,
sin la pretensión
de agotarlo o de arrojar
gran luz sobre ese espacio
oscuro de nuestra vida.
La primera observación
tiene que ver con la postura
de los seres humanos en
la relación de los
unos con los otros. Todos
nosotros tenemos mucho miedo
de nuestros semejantes y
no apenas en situaciones
que implican clara amenaza
a la integridad física.
Hay miedos ligados a nuestra
inestabilidad emocional.
O sea: a partir de la enorme
importancia que damos a
una persona, tememos ser
rechazados, humillados o
desprestigiados por ella.
O tememos envolvernos emocionalmente
sin ser correspondidos.
Muchos de nosotros tenemos
el miedo inverso: provocar
el encantamiento amoroso
en el otro y después
no saber como desvencijarse
de él. Todo ello
sin mencionar los temores
ligados al sexo, especialmente
en la mujer: miedo de despertar
un deseo tan intenso que
el hombre no se contenga
y “se salte el semáforo”,
aún sin su consentimiento
(el estupro y sus versiones
más “suaves”,
como el acoso sexual). Ese
tipo de miedo al erotismo
puede ser agravado por la
duda que tienen muchas mujeres
acerca de su propia capacidad
para resistir al acoso.
Creo que podemos dividir
a las personas en dos tipos
predominantes, según
la intensidad de su miedo
y su coraje para lidiar
con él. Cuando predomina
el miedo, la persona se
encoge frente a la aproximación
del otro. Cuando el miedo
no es el vencedor, ella
se abre. La del primer tipo
antepone una barrera, se
encierra en una fortaleza.
Su interlocutor registrará
esa reacción de varias
maneras, sintiendo el rechazo
y el desinterés de
quien se ha cerrado ante
su aproximación.
Difícilmente comprenderá
que se trata de una reacción
derivada del miedo, y mucho
menos que ese miedo será
tanto mayor cuanto más
encantador e interesante
sea él mismo. ¡A
fin de cuentas, nuestros
sentimientos de inferioridad
nos conducen a una rápida
adhesión a las hipótesis
que nos deprecian!
Las personas del segundo
tipo demuestran más
claramente lo que pasa dentro
de ellas ante la aproximación
del otro ser. Son efusivas
en las manifestaciones de
simpatía e incluso
de interés sexual,
demostrando menos miedo
a ser rechazadas por el
otro. Éste, a su
vez, se siente prestigiado
y tiende a mirar con más
interés y simpatía
para quien lo ha hecho sentirse
bien. Aunque por veces los
signos de alegría
puedan ser falsos, el resultado
práctico es una sensación
de confort y gratificación
por parte del que ha abordado.
Las
personas que reaccionan
a la aproximación
del otro con una actitud
receptiva y de apertura
– falsa o verdadera
– parecen más
atrayentes y sensuales.
Las que se cierran y evitan
la sonrisa y el cruce de
las miradas parecen menos
sensuales. Es evidente que
ese no es el único
ingrediente de esta cuestión
extremadamente compleja.
Al
miedo anticipado que tantas
veces sentimos ante desconocidos,
damos el nombre de timidez.
La timidez determina una
actitud de introversión:
la persona se vuelve hacia
su interior, de forma a
conocer mejor la propia
subjetividad. La dificultad
que ella siente en las relaciones
podrá redundar en
grandes beneficios en términos
de auto-conocimiento.
La
apertura en relación
a los demás corresponde
a la extroversión.
Si no fuese por ciertas
peculiaridades que abordaremos
en la próxima semana,
yo diría que la extroversión
es una postura más
osada y valiente en relación
a la vida y a las personas.
Esto puede ser verdad en
algunos casos, pero no es
la regla. En todo caso,
esa osadía, falsa
o verdadera, aparece como
importante factor para que
el extrovertido sea visto
como más atrayente
y sensual que el tímido
e introvertido.