Considero
que pueda ser de enorme interés
disecar ciertas peculiaridades
de las relaciones interpersonales
y sus correlaciones con la
cuestión de la libertad
del ser humano. A pesar de
ya haber sido enfático
en la afirmación de
que el placer derivado de
la coherencia entre los conceptos
y la conducta – es así
como defino la libertad –
está en la dependencia
de la madurez individual,
no se puede subestimar el
carácter pernicioso
de las presiones del medio.
Es preciso una gran fuerza
interior para tener condiciones
de no ceder a las represiones
externas; si el medio social
fuese menos homogeneizador,
sin duda alguna más
personas tendrían más
fuerza para buscar un modo
de ser coherente con sus convicciones.
Queda claro también
que los esquemas económicos
y políticos represivos
– que siempre están
a servicio de traer beneficios
materiales exagerados a un
pequeño grupo –
tienen mayor interés
en la inmadurez y consiguiente
debilidad emocional de las
personas; es evidente que,
en esas condiciones, ellas
quedan totalmente sometidas
a las órdenes del medio,
por no tener fuerzas para
soportar cualquier tipo de
dolor derivado de las críticas
y maledicencias. Y estas personas
más inseguras también
actúan de un modo represor
en relación a las demás
personas.
Un ejemplo, bien característico
de lo que suele suceder en
el seno de la familia, podrá
esclarecernos bien. Un padre
o una madre inseguros se comportan
exactamente conforme a las
normas de una determinada
sociedad; se sienten profundamente
infelices y frustrados con
sus vidas, siendo capaces
de percibirse como cobardes
– cuando menos consigo
mismos – por no haber
dado a sus vidas una dirección
diferente. Temen el enjuiciamiento
de los vecinos, de los parientes
y amigos, y consideran esto
abominable. Sin embargo, si
tienen un hijo que, en la
adolescencia, tiende hacia
conductas extravagantes y
poco convencionales, inmediatamente
se transforman en represores
para con él. Temen,
por él, represalias
que ellos, padres, serían
incapaces de soportar; temen
también las críticas
directas relativas a su modo
de educar los hijos; y, principalmente,
actúan de modo represivo
a causa de la envidia, que
es un impulso agresivo derivado
de la admiración.
Los esquemas represivos pueden
ser directos – autoritarios
– o más sutiles.
Los esquemas autoritarios
son de naturaleza primitiva,
tanto a través del
ejercicio del poder efectivo
que una persona tenga sobre
otra (el padre puede impedir
a un hijo salir de casa, suprimir
su paga semanal, etc.), como
a través de la supresión
de las manifestaciones de
afecto (retirar la palabra
a un hijo, mostrarse indiferente
o decepcionado, etc.).
Los
esquemas sutiles son de naturaleza
más intelectualizada,
teniendo, por eso mismo, una
apariencia racional y lógica.
Lo más en boga tiene
que ver con el uso que muchas
personas hacen de las interpretaciones
psicológicas. El modo
como se ha difundido el conocimiento
de la subjetividad humana
por los medios de comunicación
en masa guarda apenas una
pálida semejanza con
la grandeza del pensamiento,
serio y refinado, del gran
nombre e iniciador de la psicología
como ciencia, que fue Freud.
Se establecen rápidas
y fáciles correlaciones
entre los comportamientos
actuales y eventuales experiencias
“traumáticas”
del pasado, todas ellas con
la finalidad de descalificar
la racionalidad de la conducta
afectiva. De este modo, si
los jóvenes se oponen
a los patrones convencionales
de su familia, ello será
porque han sufrido fuerte
carencia afectiva en la infancia
y están ahora apenas
tratando de llamar la atención
y atenuar sus frustraciones
afectivas. ¿Será
que las cosas son de veras
así? ¿Será
que oponerse a patrones oficiales
– incluso cuando sus
seguidores no están
satisfechos y se perciben
como frustrados y cobardes
– es apenas una manifestación
de inadecuación psicológica?
¿No será un
esfuerzo sincero en el sentido
de buscar una solución
individual más satisfactoria,
cuando menos como ingrediente
fundamental?