Cuando
decimos a alguien que nuestros
negocios están marchando
bien, inmediatamente sentimos
la fuerte compulsión
de buscar alguna pieza de
madera para tocar en ella
3 veces (a muchos sólo
les vale si la madera se
toca de abajo a arriba).
Lo mismo vale para cualquier
declaración de que
estamos felices en nuestra
nueva relación sentimental
o que estamos bien de salud.
Al actuar según este
ritual, que hemos aprendido
de nuestros ancestros, tenemos
la impresión de que
alejamos de nosotros las
peligrosas influencias malignas
de la envidia de la gente
(y asimismo la ira de los
dioses). Es un hecho que
nuestra felicidad puede
provocar envidia; lo dudoso
es si ésta tiene
de veras poder de influencia
negativa sobre nosotros,
o si el ritual de protección
será verdaderamente
eficiente. Sin embargo,
porque creemos en esta posibilidad,
nos sentimos más
apaciguados al realizarlo.
Cuando
nuestro equipo favorito
vence en un partido decisivo,
muchas veces relacionamos
aquel buen resultado con
el hecho de que llevemos
puesta una determinada ropa.
Muchos de nosotros tendemos
a atribuir a aquel vestuario
un poder, de modo que él
será uniforme fijo
y parte de un ritual que
habrá de repetirse
en el futuro para los partidos
importantes. Si el ligue
se nos da bien cuando nos
ponemos un determinado perfume,
tendemos a apegarnos a él
como si fuese un talismán
y ya siempre lo llevaremos
en situación similar,
pretendiendo los mismos
buenos resultados. Por cierto,
los talismanes corresponden
a objetos en principio neutros,
a los que atribuimos poderes
especiales para protegernos
o facilitar acontecimientos
que nos interesan sobremanera.
Puede ser una piedra especial,
un adorno al que tenemos
cariño (de preferencia
regalo de alguien que ciertamente
está por nosotros),
la figura de un santo, un
billete de banco que siempre
llevamos con nosotros, etc.
Las
situaciones descritas nos
muestran algunos de los
aspectos esenciales del
pensamiento supersticioso:
uno de ellos consiste en
sentirnos inseguros y amenazados
en determinadas situaciones,
especialmente aquellas en
que estamos felices; construimos
una asociación entre
la práctica de ciertos
rituales y la disminución
de los riesgos, de modo
a sentirnos protegidos contra
las adversidades. El otro,
tiene que ver con el deseo
de interferir en acontecimientos
que no dependen de nosotros,
pero que deseamos mucho
que tengan resultado positivo;
asociamos, por un camino
nada lógico, su consecución
con la presencia de algún
objeto, un adorno ascendido
a la condición de
talismán y cuya presencia,
en el proceso ritual que
construimos en torno a él,
aumentaría –
y mucho – las posibilidades
de que obtuviésemos
el favor deseado.
Las
personas inteligentes, cultas
y un tanto escépticas
también suelen desarrollar
algún tipo de ritual.
Las que son muy dedicadas
a las prácticas religiosas
tienden a llevar a cabo
sus rituales dentro de ese
contexto: las promesas se
asemejan mucho al proceso
que estamos analizando,
siendo que aquí se
renuncia a algo que nos
gusta mucho en favor de
que se facilite un resultado
que aparece como muy importante
(se abre mano del chocolate
por largo tiempo en beneficio
de la salud de un hijo,
por ejemplo). Las novenas,
las peregrinaciones, los
ayunos y las oraciones en
general tienen por objeto
agradecer gracias recibidas,
pedir protección
para lo que se tiene y también
para que el futuro nos sonría.
A
fin de cuentas, ¿para
qué tanto empeño?
La verdad es que nuestra
condición en cuanto
que humanos (y conscientes)
es bastante compleja, pues
estamos expuestos a la incertidumbre
de forma continuada y lidiamos
muy mal con ello. No soportamos
el hecho de estar en una
embarcación sujeta
a vientos que no controlamos.
No sabemos nada de lo que
es relevante acerca de nuestro
futuro e intentamos defendernos
de esto por todos los medios.
Buscamos
defensas contra la incertidumbre
que rodea las relaciones
afectivas, mediante estrategias
de control sobre las personas
que amamos. Las madres de
adolescentes intentan saber
de ellos todo el tiempo
e impedir que todos los
males les alcancen. Hombres
y mujeres intentan vigilar
los pasos de sus parejas,
siempre temerosos de ser
traicionados o abandonados.
Empleamos
buena parte de nuestras
posibilidades intelectuales
con el objeto de proyectar
un futuro conforme a nuestros
mejores sueños. Intentamos
impedir que las enfermedades
nos alcancen, de modo que
nos sometemos a un estilo
de vida que no siempre es
el que más nos gusta.
Consultamos a los médicos
para chequeos periódicos
con el propósito
de detectar precozmente
las enfermedades y, con
ello, tener el poder de
interferir al máximo
en su evolución.
Intentamos acumular lo máximo
posible de dinero, siempre
orientados por la idea de
ser más parecidos
a las cigarras que a las
hormigas: para que nada
nos llegue a faltar.
Aún
así no nos sentimos
seguros. Tenemos, íntimamente,
la sensación de que
estos medios concretos son
muy insuficientes; considero
muy probable que eso sea
verdadero, ya que todos
los controles médicos,
por ejemplo, tan sólo
nos informan de nuestra
condición hasta hoy
y de las probabilidades
de que estemos bien en los
próximos tiempos.
Lo mismo vale para el dinero,
que podrá ser perdido
por alguna fatalidad. Del
amor entonces, mejor no
hablar...
Los más escépticos
pueden pensar que es pura
inseguridad y debilidad
buscar en fuerzas mayores
que la nuestra refuerzos
a favor de nuestros intereses.
No niego que puedan tener
alguna razón, pero
no creo que sea solamente
así. La gran mayoría
de las personas presiente
la existencia de fuerzas
no tan concretas rodeándonos.
Buscan también en
ellas algún apoyo,
tanto con el objetivo de
protegerse contra la envidia
y las adversidades en general,
como para que sus sueños
se realicen. Por esta vía
es por donde entra el pensamiento
supersticioso, presente
en casi todos nosotros.
Puede no ser de gran valía,
pero las acciones concretas
para garantizar un futuro
mejor tampoco lo son. Por
más que hagamos,
la incertidumbre siempre
saldrá vencedora.