La
cuestión del amor y
de la libertad tropieza en
otro curioso obstáculo,
que son los condicionamientos
culturales. Vengo siendo bastante
claro en el sentido de afirmar
que no creo tanto en las presiones
externas como la mayoría
de las personas, que hablan
de la sociedad y sus imposiciones
como si fuese una especie
de traganiños de nuestra
infancia. Sin embargo existen
varios hábitos creados
por los agrupamientos humanos,
a que nos hemos familiarizado
desde pequeños, que
se transmiten por generaciones
a lo largo de los siglos y
a los cuales parece que tenemos
que ajustarnos sin reflexión
o contestaciones. Es como
si fuese inexorable tal camino.
En una cultura como la nuestra,
el trazo más característico
de esos hábitos –
especialmente ligados a la
vida amorosa – es su
tendencia homogeneizadora;
es decir, todo el mundo tiene
que vivir de la misma manera,
cumpliendo el mismo tipo de
ritual.
Me parece que las personas
se han tomado en serio la
idea de que somos todos iguales
y, por tanto, debemos vivir
exactamente de la misma manera.
Y esto permanece como una
especie de reflejo condicionado,
de modo que cualquier actitud
divergente despierta en la
persona una incómoda
sensación de angustia,
de miedo indefinido. La idea
de igualdad ha determinado,
en la práctica, que
la pareja ajuste al modelo
común su modo de vida,
aunque las diferencias entre
las personas sean perceptibles
a simple vista. Parece evidente
también que tal doctrina
agrava la intolerancia hacia
los puntos de vista divergentes
así como la irritación
frente a esa situación
que, a pesar de la ideología,
es bastante común.
Si admitimos aquello que nuestros
ojos pueden observar, o sea,
que somos todos diferentes,
es incluso ridículo
constatar que, a pesar de
ello, hemos sido obligados
a vivir exactamente del mismo
modo. Y más, que eso
no es absolutamente obligatorio
y no se justifica bajo ningún
punto de vista. Un ejemplo
trivial podrá esclarecer
lo que pretendo transmitir:
nuestra cultura dice que toda
pareja que se ama deberá
dormir en una sola cama, evidentemente
en la misma habitación;
y, si posible, dormir y despertar
exactamente en el mismo horario.
De ese modo, un hombre que
ronca mientras duerme, y su
esposa de sueño ligero,
tendrán que pasar décadas
en tormento recíproco.
Ella sin dormir a gusto y
él llevando codazos
para que deje de roncar. Una
mujer friolera a la que le
gusten las gruesas mantas,
casada con un hombre caluroso,
sufrirá problemas térmicos
eternos.
Y todo eso puede suceder en
una casa en la que haya una
habitación vacía,
para huéspedes que
nunca existen. Y a ninguno
se le ocurre la idea de que
podrían vivir mucho
mejor si cada cual durmiese
en su habitación; cuando
al fin se tiene la idea, no
hay valentía para exteriorizarla,
pues existe el temor de que
va a ser muy mal recibida.
Nos hemos acostumbrado a ideas
de que parejas que duermen
en habitaciones separadas
están mal y en vías
de separarse. No admitimos
que esto sea apenas una sabia
solución para eventuales
diferencias de hábitos
nocturnos, mucho más
satisfactoria que la perseverancia
en la idea de la cama de matrimonio
llena de concesiones y de
rencores. Aun cuando una pareja
decide dormir en la misma
habitación en dos camas
separadas, eso ya se malinterpreta
y se tiene como un mal indicio.
No es el caso de extenderme
demasiado en el tema. Creo
que ya es hora de reflexionar
sobre las cosas de modo propio,
teniendo en cuenta el modo
de ser nuestro y de nuestro
compañero; no hay razón
alguna para que vivamos todos
de manera igual. Hay múltiples
posibilidades y cada pareja
debe buscar la que más
le satisfaga. Es bueno avisar:
no está prohibido el
gusto de dormir abrazados
y en la misma cama; esta es
una de las muchas alternativas.