|
Casi
todas las personas se asustan
con ciertos pensamientos "prohibidos"
que afloran a la mente de forma
espontánea. Llegan a soñar
que han matado a la propia madre
o a un hermano y despiertan angustiadas.
No se conforman con el hecho.
Experimentan culpa, vergüenza,
y no tienen valor para contar
el sueño ni a los más
íntimos. Ocurre lo mismo
cuando, estando despiertas, reconocen
que no les gusta un hijo, o que
no echarían de menos lo
más mínimo al compañero,
si muriese. Esto sin mencionar
las fantasías sexuales
extravagantes. Es enorme el agobio
causado por algunos deseos sadomasoquistas,
de sexo promiscuo o de naturaleza
homosexual.
A
decir verdad, pocos nos conformamos
con la existencia de emociones
paseándose por nuestra
mente sin haber sido invitadas.
Nos gustaría tener control
sobre lo que pensamos, pero surgen
deseos que no están de
acuerdo con el orden moral. En
ese caso, nos vemos forzados a
luchar contra ellos. Intentamos
ajustarlos, reprimirlos. Por ese
camino, los sótanos del
inconsciente se convierten en
depósito de todo lo que
sentimos, pero queremos ocultar.
A la persona le agrada imaginarse
buena, pero sus defectos continuarán
existiendo. La agresividad y la
envidia se manifestarán
de forma camuflada, burlando la
vigilancia de nuestra razón.
Las ideas que rechazamos permanecen
dentro de nosotros. Perdemos el
dominio sobre ellas cuando no
las aceptamos, quedando a merced
de los impulsos más primitivos.
No
existe la menor posibilidad de
que sólo tengamos pensamientos
y deseos que estén de acuerdo
con nuestros valores éticos.
Somos simultáneamente seres
racionales, capaces de reflexiones
sutiles y elaboradas, y animales
(hasta cierto punto no domesticados).
El mamífero que existe
en nosotros reacciona brutalmente
a la agresión, aun cuando
posee convicciones ligadas a ideas
de tolerancia y perdón.
Tenemos deseos sexuales que desbordan
los límites del amor y
las normas establecidas por la
sociedad. Sabemos que es imposible
crear un orden social estable,
sin instaurar reglas para nuestra
vida sexual. Estas reglas distinguen
los compañeros aceptables
de los que deben ser evitados
o prohibidos. Está claro,
no obstante, que los deseos no
desaparecen apenas porque existen
impedimentos externos. Tal vez
incluso aumenten.
¿Qué
ocurre, entonces? Nuestro mundo
interior pierde la serenidad.
Pasamos a vivir conflictos permanentes
entre deseos y posibilidad de
acción. Queremos, por ejemplo,
determinados objetos que no nos
pertenecen, pero ahogamos el impulso
natural de apropiarnos de ellos,
ya que es preciso respetar el
código de valores morales
creado por nuestra propia razón.
Según ese código,
apropiarse de bienes ajenos constituye
un robo, una trasgresión
sujeta a sanciones. Saber esto
no nos impide codiciar determinado
objeto. No podemos, por ejemplo,
llevarnos a casa el coche importado
que está aparcado en la
esquina. Pero ¡cómo
nos gustaría tener uno!
En ese momento, tal vez aparezca
la tentación de robarlo.
¿Es delito pensar así?
Considero
que no. En mi opinión no
existe "pecado por pensamiento"
y, si existiese, de nada serviría
querer enmendarse, pues muchas
ideas surgen por sorpresa, y es
inviable deshacer algo que ya
ha sucedido. No debemos pensar
que solamente nosotros, criaturas
inferiores, tenemos pensamientos
inaceptables. Si ellos han invadido
nuestra mente es porque son propios
de los seres humanos. En materia
de fantasías y deseos,
nadie se diferencia; se es moral
o inmoral. Es una lástima
que las personas no sean sinceras
y no reconozcan que incluso los
hombres y mujeres más abnegados
tienen impulsos homicidas, sed
de venganza, sueños eróticos
de todo tipo.
Hemos
de aprovechar el surgimiento de
estos deseos para conocernos mejor.
La envidia, por ejemplo, nos habla
acerca de las cosas que queremos
poseer. Aquí se abre la
alternativa: agredir a quien ha
provocado el sentimiento negativo
o esforzarnos para alcanzar también
el objetivo codiciado. En ese
caso, la envidia nos ayuda a descubrir
nuestras aspiraciones.
Sin
embargo, no saquéis la
conclusión de que todo
está permitido. Al pasar
del pensamiento a la acción,
la conciencia moral se impone,
ya que se trata de cuestiones
totalmente diferentes. Puedo soñar
con matar a un hermano, pero es
obvio que no puedo matarlo de
hecho. Puedo desear lo que quiera
en relación al sexo, pero
en el momento de llevarlo a la
práctica debo respetar
mis convicciones y las de mi compañero.
La libertad interior es una de
nuestras mayores adquisiciones
psicológicas. Podemos y
debemos saber todo cuanto pasa
dentro de nosotros. Las acciones,
en cambio, siempre habrán
de ser limitadas por valores morales
y teniendo en cuenta los derechos
de las demás personas.
|