Uso
siempre una comparación
polémica para intentar
definir la condición humana:
somos un mamífero parecido
al mono, pero poseemos un computador
sofisticado instalado en el cerebro.
No sabemos muy bien cómo
utilizar el computador, cómo
funciona. Hemos realizado progresos,
pero todavía nos queda
un largo camino que recorrer.
El mamífero hombre tiene
múltiples deseos. El principal
freno para la realización
de algunos de ellos es el miedo,
exactamente como ocurre en las
otras especies. Se trata de una
defensa que forma parte del “instinto”
de auto-conservación, proceso
innato cuya finalidad es alejar
al animal de los peligros reales.
Así, cuando un perro tiene
hambre, el deseo lo impulsará
en la dirección de algún
alimento. Sin embargo, si un ocelote
se encuentra por cerca, aquél
huirá, pues el miedo es
mayor que el deseo de comer, mayor
que el hambre. Un hombre sin recursos
pretende asaltar a un transeúnte.
Nota, sin embargo, que un coche
de la policía se aproxima.
Tenderá entonces a desistir
del robo para evitar ser detenido.
En los seres humanos el recelo
de la represalia (o de la punición
divina) a veces constituye la
única barrera entre el
hacer y el dejar de hacer.
La razón – es así
como denominamos a nuestro computador
– podrá introducir
frenos más elaborados,
modificando el modo de ser y de
actuar. Esos frenos no existen
en todas las personas. En mi opinión,
pensar lo contrario ha sido uno
de los grandes errores del psicoanálisis.
Considero que Freud generalizó
y extrajo conclusiones a partir
de sus vivencias individuales.
El método no se ha revelado
adecuado, pues hay diferencias
considerables entre individuos
de la misma especie. Hecha la
salvedad, vamos al primer escalón
de ese proceso más sofisticado
de limitación de la conducta.
Éste no se fundamenta en
el miedo. Tiene relación
con la vergüenza. Al obrar
de manera censurable (por ejemplo,
al robar, chantajear, desear una
relación sexual prohibida),
la persona teme que alguien la
sorprenda. Tal sentimiento no
está solamente ligado al
temor de las represalias, sino
también a la posibilidad
de ser despreciada o ridiculizada
por los demás. En ese caso,
la punición no es la prisión
o la violencia; es la humillación.
Cuando nos sentimos avergonzados,
reaccionamos a un acontecimiento
externo que nos perjudicará.
La represalia no es física,
sino moral. No somos apaleados;
nos enfrentamos a una sonrisa
de desprecio, capaz de generar
un sufrimiento mayor que el de
una paliza. Evidentemente se necesita
la intermediación de la
razón para que ese proceso,
ligado a la vanidad y a la preocupación
con nuestra imagen, pueda transformarse
en un poderoso freno. Nada semejante
ocurre con los otros animales.
El perro no siente vergüenza
de ser sorprendido haciendo pis
en la alfombra del salón.
Apenas tiene miedo de ser castigado.
La reacción psíquica
más sofisticada no es la
vergüenza; es la culpa. Muchas
personas usan esa palabra, pero
desconocen su verdadero significado.
Considero que la mayoría
de los seres humanos nunca llega
a experimentar tal sentimiento.
Se trata de una operación
elaborada que presupone la capacidad
de colocarse en el lugar del “otro”.
Los egoístas, por ejemplo,
no piensan en esa posibilidad
y, por consiguiente, no sienten
culpa. Nada impide, sin embargo,
que usen la expresión:
“Estoy arrepentido de lo
que sucedió”. No
basta con decirlo. Es preciso
actuar en concordancia. Debemos
guiarnos más por las acciones
que por las palabras de las personas.
Cuando me coloco en el lugar del
“otro” y percibo que
él está sufriendo,
siento pena. Si concluyo que ha
sido mi comportamiento la causa
de un dolor indebido, la pena
se transforma en una tristeza
profunda. A esa emoción
denominamos culpa. Es nuestro
mayor freno, un freno interno
poderosísimo, que convierte
el equivocarse en algo realmente
humano. Imagina la escena. Un
muchacho se prepara para dar un
puñetazo. En el momento
de actuar, se pone en la situación
inversa: ve el golpe alcanzando
su propio rostro y experimenta
el mismo dolor que iba a provocar.
Sufre y, al sufrir, el brazo se
paraliza… Vivenciar el
papel de la víctima frena
la acción violenta. En
vez de tristeza, el autocontrol
propicia alegría. Desgraciadamente,
a veces el bloqueo ocurre incluso
cuando tenemos derecho a la defensa
y, dejando de reaccionar, pasamos
a ser agredidos. Aquí,
el freno es un puñal de
doble filo y puede perjudicar
a las personas más sensibles,
capaces de experimentar la verdadera
culpa.
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