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Soy
médico, tengo una visión
muy personal de la cuestión
religiosa y soy un crítico
de las organizaciones religiosas,
especialmente en sus versiones
más fundamentalistas. He
tenido y tengo gran simpatía
por la figura de Darwin, cuya
biografía mucho me impresionó.
Considero su forma de observar
las semejanzas y la secuencia
evolutiva de las innumerables
especies que pueblan nuestro planeta
como uno de los grandes avances
del siglo XIX. Se enfrentó
a prejuicios enormes, fue persistente,
vivió rodeado de desconfianza,
murió y fue enterrado en
la abadía de Westminster,
junto a muchos héroes ingleses.
Un hombre de esta envergadura
merecía un trato más
considerado por parte de algunos
de sus “seguidores”.
El uso indebido de esa y de otras
grandes teorías no es fenómeno
raro. Algunas personas quedan
realmente maravilladas con su
coherencia interna y consideran
que pueden, a partir de ellas,
explicar todo lo que nos rodea.
Eso mismo ha ocurrido con el Marxismo,
con el psicoanálisis de
Freud, por quedarnos sólo
en los ejemplos más recientes.
Aparte de los ingenuos que se
apegan de modo férreo a
un conjunto de ideas – que
pasan a tener el valor de una
doctrina religiosa fundamentalista
– existen aquellos que lo
hacen por motivos bastante oportunistas.
En el caso de la teoría
de la evolución de Darwin,
ésta ha venido siendo utilizada
para avalar conductas que ningún
humanista puede tolerar: nuestras
peculiaridades biológicas
no pueden ser tratadas con negligencia,
pero tampoco pueden ser usadas
para tratar como inexorables conductas
muy dudosas y de interés
para aquellos que las defienden.
Claro que todo “ligón”
se va a sentir prestigiado y estimulado
a continuar maltratando a las
mujeres, si se entiende que actúa
así movido por los “mejores
propósitos” y a servicio
de la perpetuación de nuestra
especie.
La verdad es que no son los mejores
hombres y ni siquiera los más
fuertes los que más se
dedican al arte de la seducción.
¡Muchos de los hombres (y
mujeres) más geniales de
nuestra historia ni siquiera se
han casado y mucho menos se han
reproducido! El conquistador es
un tipo egoísta, débil
y moralmente dudoso. Por otra
parte, las pocas figuras extraordinarias
que han tenido hijos – entre
ellas el propio Darwin –
no se tiene noticia de que hayan
tenido descendientes con aptitudes
por encima de la media (a excepción
de un nieto de Freud, importante
pintor inglés). La verdad
es que, bajo el punto de vista
de la genética, somos todos
“perros callejeros”:
somos el fruto de familias que
se han constituido de forma casual
y que han generado retoños
variados que se han acoplado a
otros sin criterio selectivo alguno.
Siendo así, familias muy
sencillas intelectual y físicamente
pueden ser cuna de figuras artísticas
geniales, excepcionales deportistas,
intelectuales brillantes. Las
familias constituidas a partir
de criaturas excepcionales pueden
generar descendientes bastante
mediocres (y emocionalmente desgastados
por sentir que han de estar a
la altura de sus antecesores).
Me parece fundamental que nuestra
condición genética
sea esta y que nuestros hijos
sean más o menos dotados
tan sólo como subproducto
del mero acaso. Considero que
esto es fundamental para la democracia,
además de estar de acuerdo
con el hecho de que tengamos que
convivir con incertidumbres, inclusive
ésta relacionada con los
predicados de los hijos que tendremos;
estaría aterrorizado si
las doctrinas estimuladoras de
las “razas puras”
hubiesen salido adelante.
Creo
en que existen los hechos y no
sólo sus interpretaciones,
como decía Nietzsche. Me
parece que las interpretaciones
de los mismos hechos varían
según la época y
la forma como piensan las personas
en aquel contexto social y psicológico.
No creo que exista biología
sin cultura (ni viceversa). Quienes
acompañan mi trabajo saben
que siempre he enfatizado ciertos
aspectos biológicos de
nuestra sexualidad; éstos
generan patrones culturales, pero
después son influenciados
por aquélla, como bien
demuestra la tendencia actual
de las chicas, de tomar las iniciativas
sexuales que no son propias de
sus instintos. En esta cuestión,
simplificar significa banalizar,
perder un trozo del problema.
El verdadero peso de la biología
– y también de la
cultura – sobre nuestras
conductas todavía no está
definido y no sé siquiera
si eso es muy relevante.
Mi
mayor preocupación reside
en la forma como algunas personas
atribuyen una racionalidad lógica
a fenómenos que suceden
de forma casual. Si consideramos
que la evolución se rige
por leyes fijas que están
a servicio de la perpetuación
de las especies, entonces tenemos
que llegar a la conclusión
de que existe “algo”
mayor que las mutaciones casuales
que han determinado el surgimiento
de la variedad que puebla el planeta.
Así, como ya se ha pensado
respecto de la historia, aquí
también habría que
imaginar a un “Dios”
de la biología, una fuerza
absoluta que está por detrás
de todo. Volvemos al fundamentalismo
y a la certeza de que existe una
verdad mayor y absoluta que nos
gobierna, lo cual ciertamente
agradará mucho a aquellos
que lidian mal con las dudas.
Pienso
que resaltar la importancia de
nuestra biología está
siempre a servicio de disminuir
nuestras responsabilidades personales
y sociales. Lo cierto es que nuestra
razón es nuestra principal
propiedad biológica, de
modo que no puede ser tratada
como menos importante que los
eventuales instintos. La razón
nos ha permitido la organización
social y el desarrollo tecnológico
que hoy tenemos. Nos ha alejado
de la biología y nos ha
hecho habitantes del asfalto y
ya no más ciudadanos de
un planeta con el aspecto de aquel
creado inicialmente por Dios.
Gracias a la razón, hemos
modificado todo cuanto nos rodeaba.
Continuamos haciéndolo,
ahora de manera peligrosa y altamente
destructiva. Interesa muy poco
discutir nuestras propiedades
genéticas en un contexto
como este y en un momento en que
estamos al borde de la autodestrucción
y de la destrucción de
todas las especies.
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