- He
venido intentando esclarecer
cuáles son los elementos
que impiden alcanzar el estado
subjetivo de La capacidad
de ser anticonvencional.
Entendida la libertad como
agradable estado de espíritu
derivado de una coherencia,
la mayor posible, entre ideas
y actitudes, deberíamos
intentar entender ahora por
qué tal postura ante
la vida es tan rara. Y lo
primero que me gustaría
señalar es lo siguiente:
en un período como
el que estamos viviendo, el
primer obstáculo a
la libertad es la existencia
de una enorme confusión
en el mundo de las ideas;
parece ser muy incomún
que alguien tenga ideas definidas
y claras, de modo que en esas
condiciones su conducta debería
reflejar sus contradicciones
internas; o entonces el individuo
se mantiene en determinada
dirección - a pesar
de la contradicción
interna - hasta que se aclaren
mejor sus ideas.
Este aspecto es, a mi modo
de ver, secundario para la
cuestión de la libertad;
lo básico es el temor
al desafecto y a las represalias
en general, a que está
sujeto el individuo que no
se comporta conforme a los
patrones al uso, considerados
como aceptables. Estructuras
sociales represivas - y creo
que son tanto más represivas
cuanto más sofisticados
sean los agrupamientos sociales
- actúan sobre cada
individuo de forma que el
no comportarse conforme a
las expectativas aparece bajo
la forma de no disponer de
los medios materiales de supervivencia
en virtud de no encontrar
trabajo. Comportamientos no
convencionales determinan
también la posibilidad
de que el individuo no sea
amado, siendo ésta
una de las sanciones casi
insoportables para los hombres.
Así,
para que seamos amados por
nuestros padres, compañeros
y parientes, tendremos que
actuar de modo a no ofender
su manera de ser y de pensar
- sí, porque cada cual
se toma a sí mismo
como un modelo de perfección
a ser propuesto, especialmente
para los hijos, pese a que
la propia persona puede sentirse
infeliz e insatisfecha. Las
represalias sociales son de
tipo análogo: el individuo
que no se comporta conforme
a lo usual se ve rechazado
y despreciado; no podrá
continuar sintiéndose
parte integrante de aquella
colectividad, además
de ser punido en sus pretensiones
de orden material.
De
otra forma, se puede decir
que la libertad se confunde
con la capacidad de una persona
para prescindir del amor de
las otras. El miedo a la libertad,
presente en todos nosotros,
no es infundado, pues en sociedades
como la nuestra, cada uno
funciona como represor de
los demás, de tal forma
que la libertad se confunde
con desafectos y soledad.
Una
persona, por tanto, será
tanto más libre cuanto
menos interesada y preocupada
esté con la opinión
y, por lo tanto, con el afecto
de los demás.
Tendrá
que estar lo suficientemente
fuerte para soportar las represalias
de todo tipo, pero principalmente
la sensación de desamparo,
a medida que una persona se
pierde de sus convicciones
- lo cual significa alejarse
de la agradable sensación
de libertad - por temor a
las represalias, intentando
recuperar algún tipo
de placer exhibicionista por
medio de la búsqueda
del destaque social dentro
de las reglas del juego existente.
Y, al perseguir tal objetivo
- del cual ya no está
plenamente convencida -, tenderá
a alejarse cada vez más
de sus ideas y pensamientos
iniciales, de tal manera que
la sensación íntima
es cada vez más desagradable
e insatisfactoria. Y esto
será verdadero incluso
para aquellas criaturas que
tengan pleno éxito
en esta búsqueda del
destaque social. Serán
admiradas y envidiadas por
la gran mayoría de
sus contemporáneos,
pero se sentirán profundamente
infelices y frustradas; y
más profundamente solitarias,
a pesar de haber hecho tales
concesiones para evitar esa
dolorosa sensación.