El
placer erótico de
carácter exhibicionista
es un tanto independiente
de quién sea el que
está asistiendo a
nuestro “show”.
El observador no es totalmente
irrelevante, ya que una
chica siempre preferirá
ser mirada con deseo por
un hombre a quien ella valore,
que por otro indiferenciado
(según los criterios
de ella). En todos los casos,
si las personas que están
mirándonos llegasen
a tener una reacción
negativa, padeceríamos
el terrible dolor de la
humillación, al paso
que, si manifiestan admiración
y respeto, nos sentiremos
elevados, estimulados y
sexualmente un tanto excitados.
Dependemos,
pues, de la reacción
de las otras personas (los
observadores). No se puede
desdeñar el hecho
de que nuestro estado de
alma se ve muy influenciado
por la forma en como será
recibida nuestra persona
– o algo que hayamos
realizado. Ello explica
las consideraciones hechas
siempre por las familias
a sus hijos adolescentes,
acerca de la importancia
de que observen un comportamiento
compatible con la opinión
media de los vecinos. ¿Quién
nunca ha oído o pensado
a solas “¿qué
dirán o pensarán
los demás respecto
de nosotros?”
Cuanto
más dependemos de
la opinión de los
otros para sentirnos bien,
menor será nuestra
libertad individual. Pensaremos
dos veces antes de tomar
alguna actitud menos común.
Pensaremos en la repercusión
que sobre los otros tendrán
nuestros actos, nuestra
forma de vestir e incluso
nuestros pensamientos. Los
otros pasan a ser nuestros
jueces, aquellos que han
de juzgar si somos o no
personas legales, dignas.
La vanidad nos lleva, pues,
a una situación muy
delicada en la cual nosotros
somos jueces de los otros
y los otros serán
los que van a decir si somos
o no personas válidas.
Cuanto
mayor sea la vanidad, mayor
será la dependencia
que tenemos de las otras
personas. Así, los
otros se transforman en
los “OTROS”,
observadores todopoderosos
a los cuales debemos obediencia.
La paradoja es inevitable:
para llamarles la atención
tenemos que destacarnos,
diferenciarnos. Si lo hacemos
de una forma inaceptable,
según los criterios
de ellos, seremos objeto
de chacota e ironía.
¿Cómo hacer?
¿Dónde encontrar
coraje para arriesgar y
correr el riesgo de desagradar
a los OTROS?
En
la gran mayoría de
los casos, la cuestión
se resuelve tan sólo
en el plano de la cantidad
y no de la calidad. O sea,
las personas buscan el destaque
por la vía de la
adquisición de una
cantidad mayor de algo que
sea valorado por todos.
Tendrán más
dinero, más conocimiento,
serán más
delgadas, más bellas
(y recurrirán a los
mejores cirujanos para llegar
a esto), más viajadas,
etc. Llevarán ropas
caras y tendrán muchas.
No usarán, empero,
aquellas que no sean aprobadas
por la mayoría, las
que no posean una denominación
de origen (certificado de
garantía de que se
trata de algo precioso).
Tendrán muchos coches,
muchos relojes, harán
dietas increíbles
y dirán que son delgadas
“por fuerza de la
naturaleza”. La política
del destaque será
regida por el lema “más
de lo mismo”. Las
personas poderosas tienen,
por tanto, mucho de las
mismas cosas; y son admiradas
por ello. Destaque sin correr
el riesgo de decepcionar
a LOS OTROS y ser objeto
de rechazo y humillación.
Claro
está que una persona
puede tener más coraje
e intentar destacarse por
ser, actuar y pensar de
una forma original. Casi
siempre será objeto
de reacciones variadas y
difícilmente agradará
a todos los observadores.
Será tenida como
persona extravagante y tal
vez despierte más
envidia por el coraje que
por el modo de comportarse.
Nuestras sociedades permiten
una cota mayor de originalidad
a los artistas y a algunos
intelectuales, que son los
responsables por las innovaciones.
Sí, porque la búsqueda
de destaque empleando tan
sólo el camino de
tener más de lo mismo
no conduce a nada nuevo
(lo cual acabaría
por determinar el estancamiento
general).
Sabemos
que existen algunas personas
con más valentía
para exhibirse de forma
no común, incluso
sin ser portadoras de grandes
talentos. Son pocas y, principalmente
en la adolescencia, acaban
afiliándose a alguna
“tribu” minoritaria,
pasando a actuar según
el patrón de aquel
subgrupo. El deseo de destaque
es grande y, a falta de
creatividad, acaban por
integrarse en una pandilla
en que la originalidad es
dudosa y la extravagancia
es un objetivo en si misma.
Pienso que los “punks”
son un buen ejemplo de esto.
No es esa la libertad que
me encanta. La que me encanta
es la de no abrir mano de
nuestras convicciones aunque
nos tengamos que enfrentar
con la opinión de
los OTROS. O, como decía
San Agustín, que
reconocía, claro
está, la presencia
de la vanidad en sí
mismo: “entre la vanidad
y la verdad yo no tengo
dudas acerca del camino
a elegir”.