-
Los traficantes entran
en nuestras casas porque
encuentran las puertas
abiertas. Y seducen a
nuestros hijos porque
éstos han venido
creciendo débiles
y sin esperanza.
Tenemos
muchas dudas respecto
de casi todas las cosas
que son importantes para
nosotros. Pero también
tenemos algunas certidumbres.
Éstas se derivan
de la observación
de los hechos, especialmente
de aquellos que son indiscutibles,
que no dejan margen para
interpretaciones variadas.
Una de esas certidumbres
tiene que ver con el consumo
de drogas: prácticamente
todas las personas adictas
han empezado a consumir
algún tipo de droga
en los primeros años
de la adolescencia, entre
los 13 y los 17 años.
Esto es válido
para el consumo de drogas
pesadas, pero igualmente
ocurre con la iniciación
al tabaco normal que,
incluso ocasionando pocos
efectos psicológicos,
determina fuerte inclinación
a la dependencia.
Otra
certidumbre que tenemos
es la necesidad urgente
de comprender mejor lo
que pasa por la cabeza
de nuestros jóvenes,
para que podamos impedir
que persista la tendencia
actual, que es la del
consumo de drogas en un
número cada vez
mayor de personas, y que
esto llegue a envolver
prácticamente a
toda la juventud de nuestro
país. Habrá
que providenciar nuevas
actitudes por parte de
los padres y de la sociedad,
especialmente si con ello
se puede ayudar a nuestros
críos a crecer
con más fuerza
y determinación
personal.
Sí,
porque es fácil
echar toda la culpa del
problema de las drogas
a los traficantes y demás
delincuentes que hacen
fortuna con ese comercio.
La verdad es que ellos
entran en nuestras casas
porque encuentran las
puertas abiertas. Y seducen
a nuestros hijos porque
éstos han venido
creciendo débiles
y sin esperanzas. Y esto
es responsabilidad nuestra.
Es fruto de la excesiva
permisividad en la educación
que nosotros, yéndonos
al polo opuesto del péndulo
en relación al
modo en cómo hemos
sido criados, les transmitimos.
Es hora de urgentes revisiones
en la educación.
Además,
hay importantes características
de la adolescencia que
convierten al joven en
presa fácil de
traficantes expertos.
Una de ellas es la peculiar
prepotencia de chicos
y chicas, la tendencia
a considerar que lo saben
todo y que todo les está
permitido. Les gusta la
idea de que ser adulto
es tener coraje para probar
de todo, de modo a formar
un juicio propio acerca
de todas las cosas. El
concepto general es incluso
interesante, pero no vale
para todas las cosas.
No tiene el menor sentido
probar personalmente el
consumo de drogas que
son más que conocidas,
tanto en sus efectos agradables
como en los daños
que causan y en su poder
de adicción. Pero
la prepotencia de los
adolescentes no conoce
el buen sentido. Quieren
apenas afirmar su independencia
en relación a los
adultos de los cuales
efectivamente dependen.
Tan
sólo hace una verdadera
guerra de independencia
quien es dependiente.
La adolescencia siempre
ha sido un período
muy difícil para
los jóvenes, pues
tienen que asumir, más
o menos rápidamente,
crecientes responsabilidades
y encaminarse en dirección
a la autonomía.
Esto es difícil
y doloroso, pues una parte
de nosotros preferiría
no tener que crecer y
así pasar el resto
de la vida disfrutando
del amparo y protección
familiar. Esta parte ha
sido muy estimulada por
la educación súper-protectora,
de modo que los esfuerzos
de los chicos para desarrollar
el otro lado, el de la
búsqueda de la
individualidad, son mínimos.
La adolescencia exige
acelerar el paso en esta
dirección, debido
a las presiones externas,
que son opuestas a las
tendencias existentes
hasta entonces.
Lo
que acaba sucediendo es
que los jóvenes
se alejan de la familia
y no soportan la sensación
de abandono. No pueden
volver atrás y
solamente les resta una
solución: sustituir
la cercanía protectora
familiar por la del grupo
de amigos de la misma
edad. De esta nueva “familia”
extraen la fuerza necesaria
para romper con aquella
de la cual proceden. Se
hacen independientes de
una forma curiosa: tienen
que proceder de algún
modo en oposición
a los valores de su grupo
de origen. Los jóvenes
se agrupan y se vuelven
solidarios porque tienen
en común comportamientos
que desagradan a los mayores.
Se independizan de los
padres, provocando una
guerra abierta contra
ellos y contra sus valores.
Están listos para
actuar de un modo que
los irrite, pues esto
será signo de independencia
– ¡es como
si la independencia fuese
la dependencia cabeza
abajo! Están listos
para juntarse en grupos
a los que encantan las
ropas extravagantes y
desaprobadas por la familia,
para fumar tabaco y para
experimentar otras drogas
que les sean ofrecidas.
Cierto número de
jóvenes quedarán
encantados con los efectos
que éstas provocan.
Y entonces...