Nuestra
mente tiende, de modo espontáneo,
a considerar todo lo que
viene después como
una evolución, en
relación a lo que
era antes. Tenemos la convicción
de estar en camino para
el mejor de los mundos,
como si estuviésemos
retornando al paraíso.
Ni siquiera consideramos
la posibilidad de estar
en una ruta equivocada,
de que nos estemos dirigiendo
al precipicio – a
pesar de la advertencia
de los ecologistas y de
los signos de desequilibrio,
cuyos efectos ya podemos
sentir. Nos burlamos de
aquellos que toman en serio
las hipótesis de
destrucción del planeta.
Consideramos esto tan improbable
como nuestra propia muerte.
Siendo
así, evolución
es un término que,
para nosotros, significa
algo bueno. No pensamos
en la hipótesis de
que exista “evolución
en demasía”,
tal como no existe agua
caliente en demasía
para nuestro baño.
Oímos hablar de estrés
a la gente y relacionar
el empeoramiento de nuestro
estado interior con los
conflictos que se han agravado
con la modernidad, y no
sabemos exactamente qué
pensar. ¿Habrá
que poner en duda las características
de nuestra evolución
social? ¿O ir en
pos de remedios capaces
de atenuar este “pequeño”
efecto colateral derivado
del progreso, que ha venido
siendo objeto de indebidas
exageraciones?
No
es el caso de reflexionar
profundamente acerca de
los mecanismos que determinan
las modificaciones que han
venido produciéndose
en nuestro ambiente. Parece
obvio, no obstante, que
ellas han venido sucediendo
de forma casual, fruto de
los avances tecnológicos
y del aprovechamiento de
éstos por las grandes
empresas, con fines económicos.
Así, nuevos productos
están a nuestra disposición
en todo momento. Son de
veras tentadores, de modo
que nos empeñamos
cada vez más en ganar
el dinero necesario para
su adquisición. Las
normas que regulan el proceso
son más las de la
economía que las
determinadas por nuestra
razón. Somos animales
que se adaptan, de modo
que tenemos que ir cambiando
a medida que el ambiente
externo también cambia
– y éste ha
estado en permanente y rápida
alteración. El bienestar
de los hombres no suele
ser objeto de discusión
cuando se reflexiona respecto
del lanzamiento de un nuevo
producto. Lo que se piensa
es en cómo hacerlo
atractivo para que se convierta
en irresistible.
A
lo largo de este siglo,
y en especial en las últimas
décadas, hemos vivido
una alteración rapidísima
de nuestro medio externo
en virtud de la aparición
de un enorme número
de nuevos productos. Todos
ellos tienen, sin duda,
propiedades útiles
y atrayentes. Nadie va a
poner en cuestión
los beneficios del computador,
del teléfono móvil
o de la información
mundial que nuestros televisores
nos proporcionan. No obstante,
además del hecho
de estar bajo presión
para ganar el dinero suficiente
para tener acceso a los
nuevos bienes de consumo,
tenemos que considerar algunos
otros elementos. He observado,
por ejemplo, que la memoria
de las personas viene fallando
más que hace algunas
décadas. Pienso que
estamos todos expuestos
a un volumen de informaciones
tan grande que ya no conseguimos
retener todo lo que oímos
y leemos; esto nos produce
cierta dispersión
y nos vuelve despistados,
además de generar
una tensión nueva
derivada del descubrimiento
de que nuestro psiquismo
está al límite
de su competencia y fallando.
He
venido notando que nuestros
jóvenes hablan de
una forma cada vez más
rápida, lo cual probablemente
significa que piensan más
deprisa que los demás
– tal vez en virtud
del uso de los juegos electrónicos
que han sustituido los lentos
juguetes de nuestra infancia.
Andamos cada vez más
apresurados y más
impacientes por motivos
internos, aparte de más
tensos, como resultado del
aumento del número
de personas, vehículos
y ruidos en general. Estamos,
cada vez más, obligados
a hacer más de una
cosa a la vez: hablamos
por teléfono mientras
leemos, asistimos a la televisión
mientras cocinamos, escuchamos
música mientras conversamos.
Estamos más deprimidos
que nunca, como si nos sintiésemos
alienígenas en nuestro
propio planeta.
¿Qué
es lo que nos pasa? ¿Habrá
que pensar que es hora de
parar, que es preciso estancar
el avance tecnológico
y su aprovechamiento económico
para el bien del ser humano
y de la naturaleza, ambos
cansados y claramente amenazados?
¡No! Pensamos en técnicas
de relajación, en
meditación, yoga
y tantas otras formas de
disminuir el ritmo de nuestro
mundo interior y contraponer
alguna paz de espíritu
a esa inquietud continua
a que nos vemos sometidos
desde fuera.
Es
curioso observar lo precaria
que es nuestra imaginación
cuando se trata de crear
nuevas formas de relajación.
Parece que sólo sabemos
encontrar nuevas tensiones,
cosas cada vez más
rápidas pero que
después van a hacer
que nos encontremos mal.
Necesitamos recurrir a prácticas
antiguas, incluso milenarias,
cuando queremos algún
tipo de paz de espíritu
y de serenidad. Tenemos
que mirar hacia atrás
y buscar los campos y las
playas que aún están
tal como Dios las ha creado,
cuando queremos descansar
un poco de las ciudades,
de los coches y de las obras
de los hombres. ¿No
habrá llegado la
hora de que reflexionemos
más profundamente
sobre lo que nos está
ocurriendo, ya que somos
agentes también,
y no apenas víctimas
de todo eso? Creo que, para
nuestro bien, tenemos que
oponernos a un proceso evolutivo
que nos está dañando,
además de conducirnos
a pensar de una forma superficial
y muy poco productiva.