Vengo
insistiendo en el hecho de que
todos nosotros tenemos una sensación
de agujero, de que algo nos
falta. Tenemos, pues, un sentimiento
de inferioridad que es universal.
Está presente en todas
las personas, incluso en aquellas
que se muestran orgullosas y
confiadas en sí mismas;
son apenas criaturas mentirosas,
además de competentes
en las artes escénicas.
Ha
sido el constatar esa sensación
lo que ha llevado al poeta a
afirmar: “es imposible
ser feliz solo”. O sea,
la sensación de la armonía
que buscamos sólo podrá
ser encontrada a dos, en la
unión amorosa. Esa ha
sido también la posición
que he asumido en los últimos
veinte años. He defendido
el amor romántico, la
alianza intensa y fuerte entre
un hombre y una mujer, como
el gran remedio para el desamparo
que nos acompaña. He
resaltado que la sensación
de desamparo venía aumentando,
pues hasta hace algunas décadas
atrás, el amparo protector
era resultado de la fuerte alianza
que unía a las familias
en clanes.
Las
grandes familias rurales, llenas
de hijos, sobrinos y tíos,
creyentes en Dios y que, juntamente
con otras familias, formaban
comunidades donde todos se conocían,
atenuaban grandemente el desamparo.
Está claro que todo tiene
un precio. En esos grupos no
había espacio para la
individualidad, opiniones divergentes
o excentricidades.
La
vida en las grandes ciudades
es hoy bastante más libre
y tolerante con el ejercicio
de una forma personal de ser.
Por otra parte, la sensación
de soledad ha aumentado mucho.
Usamos esa palabra – de
fuerte connotación negativa
que provoca pavor tan sólo
con pronunciarla – para
definir el dolor que se deriva
de sentirnos incompletos. Considero
que la soledad implica además
cierta vergüenza, como
si la persona se sintiese menos
competente para encontrar un
compañero. Podría,
no obstante, ser diferente:
tal vez deberíamos sentir
orgullo de nuestra capacidad
de permanecer en soledad, cosa
difícil y que no todo
el mundo consigue.
El
amor romántico apareció
como el gran neutralizador de
la soledad creciente, llegada
con la industrialización
y con la migración hacia
los centros urbanos. En el pasado,
el matrimonio se realizaba mediante
conciertos familiares; ahora
es fruto del amor, de la elección
voluntaria de los jóvenes,
más dueños de
sus vidas y de sus destinos.
El amor ha aparecido –
y ha sido alabado por todo el
mundo, inclusive por mí
– como el gran remedio
para nuestro desamparo, como
algo que nos permite sentir
la completitud y la armonía
perdidas, pero presentes en
algún rincón de
nuestra memoria.
En
la práctica, sin embargo,
las cosas no vienen sucediendo
exactamente tal como preveíamos.
El cuento de hadas en que nos
hemos embarcado ha venido tropezando
en varios obstáculos.
El mayor de ellos deriva de
una cierta tendencia hacia el
crecimiento de nuestra individualidad.
Continuamos soñando con
el amor, es verdad; pero estamos
cada vez menos dispuestos a
hacer concesiones, a ceder a
las presiones del compañero.
El deseo romántico quiere
a la pareja siempre cercana,
al paso que cada individuo puede
estar interesado en ir hacia
una dirección diferente.
Ahí se traba una inevitable
y fatigosa lucha por el poder,
en la cual ninguno queda satisfecho.
Y
en este punto de las reflexiones,
es cuando me hice una pregunta:
¿somos de veras incompletos
o apenas nos sentimos así?
Confieso que me he sentido algo
confuso, incluso aturdido, cuando
me deparé con una respuesta
obvia, pero que jamás
se me había ocurrido.
La sensación de no estar
completos no es obligatoriamente
la expresión de un hecho.
El trauma del nacimiento nos
marca y provoca esa sensación.
Pero somos individuos enteros
y completos. Pensar así
podrá conducirnos a una
fascinante aventura. Profundizaremos
un poco en esa senda en las
próximas columnas.