La
idea que defiendo es la de
que el proceso de liberación
individual es perfectamente
susceptible de ser iniciado
dentro de una sociedad represiva.
Ello principalmente porque
los poderes de que dispone
el medio externo para oprimirnos
son bastante más modestos
que aquellos con que nos amenazan.
Si las personas libres fueren
criaturas más libres
y serenas, habrán de
influir sobre las demás
por medio del ejemplo personal,
de manera a componer una corriente
que hará tambalearse
rápidamente los cimientos
de una sociedad como la nuestra,
principalmente porque aquellos
que la gobiernan son criaturas
infelices, amargadas e insatisfechas,
a pesar de que se empeñan
mucho en mostrarse realizadas
y contentas.
Así es que desde hace
mucho estoy seguro de que
la revolución que nosotros,
como generación, podemos
hacer, es la de buscar entendernos
a nosotros mismos y conocer
los mecanismos de nuestra
vida psíquica, siempre
con el objetivo de construir
un modo de vida interior consistente,
y lo más coherente
posible con nuestra conducta.
La libertad, para mí,
consiste en la alegría
interior derivada de esta
coherencia entre pensamiento
y conducta, alegría
que sólo puede ser
alcanzada al final de una
larga y penosa introspección,
a través de la cual
tendremos que depararnos con
muchas dolorosas verdades,
de las que siempre nos intentamos
esquivar.
Libertad no es un tipo determinado
de pensar o de actuar. Al
definir la libertad de esa
manera, se estará inmediatamente
contradiciendo su efectiva
significación. Libertad
es el placer erótico
– tal vez la más
genuina y gratificante manifestación
de la vanidad humana –
derivado de la coherencia.
La pérdida de la coherencia
entre pensamiento y conducta,
conlleva la imposibilidad
de experimentar este placer
fundamental, aunque aquélla
sea derivada de complejas
y sofisticadas racionalizaciones.
Como cada cerebro está
compuesto de billones de células
y ha sido sometido a experiencias
peculiares, nada más
probable que cada persona
llegue a resultados de reflexión
muy propios y esencialmente
diferentes de las demás.
Para ser libre la persona
tendrá que gobernarse
por sus propias conclusiones,
en un proceso de permanentes
modificaciones, puesto que
nuevas experiencias determinan
alteraciones en nuestras convicciones.
De esa forma, una sociedad
que contenga seres libres
tendrá que acostumbrarse
al respeto por las diferencias
individuales, dado que definitivamente
no somos todos iguales. Personas
libres son, ante todo, las
respetadoras del modo de ser
y de pensar de las otras.
De nada sirve que ciertas
personas hagan un discurso
de alabanza de la libertad,
si el propio contenido de
su charla deja absolutamente
clara la falta de respeto
– e incluso la irritación
– por las diferencias
de opinión. Tales personas
son liberales siempre que
todos los demás estén
de acuerdo con sus puntos
de vista, de modo que es más
que evidente que viven una
gran contradicción,
regidas por una idea de superioridad
por la que consideran a sus
ideas más brillantes
y más justas.
Y
son esas personas, portadoras
de fuerte tendencia totalitaria
derivada de una especie de
convicción mesiánica
(los elegidos para salvar
a sus pueblos) que les confiere
un significado todo especial,
las que más creen en
los poderes represores de
la sociedad, que pasa a ser,
por tanto, el objeto de su
odio. Sin darse cuenta, acaban
por sobreestimar tales poderes,
lo cual en la práctica
significa amedrentar a las
personas en el sentido de
que, aquellas que intenten
atreverse a conductas no convencionales
estarían de veras sujetas
a fuertes represalias, en
las cuales, dicho sea de paso,
no creo. Me gustaría
reafirmar una vez más
mi convicción de que
atribuir a la sociedad, a
la familia, e inclusive a
las experiencias traumáticas
de la infancia poderes que
no poseen, conlleva hacerle
el juego al orden social establecido,
toda vez que sirve para acobardar
a las personas – especialmente
a los jóvenes –
en su búsqueda de soluciones
individuales más consistentes,
en un espacio de libertad
que una sociedad como la nuestra
está obligada a dejar,
aunque sea en contra de su
voluntad.