Cuando
el marido se da cuenta de
que la mujer no está
de acuerdo con algún
punto de vista suyo (sí,
porque muchas veces él
ni siquiera le da ocasión
para que ella se lo manifieste)
esto provoca en él
una irritación descomunal.
La mayoría de las veces,
absolutamente desproporcionada
a la magnitud de los hechos
en cuestión. Él
grita, trae a colación
en la disputa otros datos
de la vida íntima,
hace discursos de persuasión,
dice incluso que la mujer
es burra y no entiende nada
(¡y hay que ver con
qué facilidad dicen
esto los hombres!); se siente
profundamente ofendido y puede
permanecer varios días
“de malas”.
La
mujer lo acusa de machista,
de prepotente y poco respetuoso
– lo cual es verdad;
no dice que él es burro
– porque si no, las
lleva – pero lo piensa;
se siente igualmente ofendida
e irritada no apenas por el
comportamiento del marido
– a pesar de que él
muchas veces cree que se debe
solamente a eso – sino
porque la divergencia provoca
en ella la misma sensación
desagradable.
La
dolorosa sensación
que se deriva de la falta
de coincidencia en los puntos
de vista es la de abandono,
de desamparo, de sentirse
solo. Y esto se hace más
evidente en las uniones amorosas
justamente porque ellas existen
como un importante atenuador
de esta que es una de las
peculiaridades de la condición
humana. A fin de cuentas,
las personas tienen uniones
sentimentales justamente para
no vivir el estado que se
denomina soledad.
Cuando
una opinión es divergente,
retorna la dolorosa conciencia
de que se está solo,
y esto es vivido como una
especie de traición
por parte del otro, un abandono,
una deslealtad; de la acusación
al otro, se deriva la ira
y la irritación dirigida
hacia él; cosa más
fácil de ser vivenciada
que el desamparo, el estar
solo.
Todos
nosotros tenemos, como primera
tendencia, sacar el dedo en
ristre, acusando al otro de
nuestros infortunios. Considero
siempre muy importante que
consigamos dar la vuelta al
dedo hacia dentro y tratar
de preguntarnos por qué
tal actitud del otro ha tenido
tanta repercusión sobre
nosotros. En qué punto
débil nuestro nos hemos
sentido tocados y cómo
hacer para perfeccionarnos,
en lugar de intentar modificar
al otro (lo cual, además
de poco respetuoso, es siempre
ineficaz).
La
irritación es menor
en relaciones menos importantes
desde el punto de vista afectivo,
pero existe igualmente. Y
se da siempre de la misma
manera; es decir, cuando existen
diferencias de opinión.
Incluso
cuando estamos leyendo un
artículo del periódico
o un libro, el proceso es
similar: nos gustan los autores
que piensan de modo parecido
al nuestro y nos parece medio
idiota el texto – y
su autor – que contiene
opiniones divergentes.
Así,
nunca aprendemos nada nuevo,
pues solamente leemos libros
con los cuales estamos de
acuerdo y cuyo contenido en
cierto modo ya conocemos,
o sea, sólo leemos
los libros que no necesitamos
leer. Los demás los
quitamos de en medio, porque
son “pesados”
o idiotas…