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Aceptar actitudes inadecuadas
en los niños es no querer
que ellos crezcan fuertes e
independientes. Es asimismo
no prepararles para la realidad
de la vida adulta.
Es
fácil comprender las
razones por las cuales casi
todos nosotros nos perdemos
como educadores. Los descubrimientos
del psicoanálisis acerca
de la importancia de los primeros
años de vida nos han
dejado muy temerosos de provocar
traumas irreparables a nuestros
hijos. Preferimos, entonces,
equivocarnos por falta de rigor
que por exceso de rigor. Para
no “traumatizar”
a los críos, hemos pasado
incluso a temer el decepcionarlos
o frustrarlos; cosa que ellos
perciben como flaqueza y tratan
de abusar de nuestra inseguridad.
Ahora
bien, lo que no puede continuar
sucediendo es la pasividad ante
el hecho de que tenemos que
educar a nuestros hijos. No
podemos acobardarnos frente
a esa responsabilidad apenas
porque nos hemos vuelto más
conscientes de los riesgos que
corremos. Sería lo mismo
que si los médicos rehusaran
hacer operaciones quirúrgicas
porque existe el riesgo de fracaso
e incluso de muerte del paciente.
Y algunas cosas que me parecen
indiscutibles: tenemos que transferir
a cada nueva generación
los principios morales mínimos
que rigen nuestra vida en común;
hemos de enseñarles a
tener los hábitos de
higiene que hemos aprendido
y que son tan importantes para
la buena salud; hay que transmitirles
el conocimiento esencial de
la lengua, de las matemáticas,
de las ciencias, en fin, de
todo cuanto nuestra especie
con tanto sacrificio ha conseguido
coleccionar como saber, a lo
largo de milenios de civilización.
Podemos
discutir cuál es el mejor
camino para que la educación
sea lo más eficiente
y lo menos frustrante posible.
Podemos discutir que tipo de
método debería
utilizar la escuela para transferir
el conocimiento a los críos;
pero no podemos intransigir
ante la necesidad de que esto
suceda. No es razonable que
los jóvenes lleguen a
la universidad sin saber siquiera
escribir en su lengua. Esto
no conduce a nada, tanto para
la vida personal de ellos como
desde el punto de vista de la
colectividad. Podemos discutir
si castigar conductas inadecuadas
es o no más eficiente
que recompensar las que se consideran
adecuadas. Pero no podemos permitir
que nuestros críos crezcan
negligentes en cuanto a que
existen otras criaturas sobre
la Tierra y que éstas
tienen iguales derechos, que
deben ser respetados. No podemos
permanecer indiferentes ante
la falta de respeto de los críos
en relación a otras personas
en lugares públicos,
como restaurantes, aviones,
playas, etc. No podemos tolerar
chiquillos que no se cepillen
los dientes, no se bañen,
no cuiden de sus pertenencias
personales ni ayuden a los adultos
en todo tipo de tareas cuando
esto se haga necesario; que
no obtengan rendimiento escolar
digno de su inteligencia.
Aceptar
pasivamente actitudes inadecuadas
en los niños es no querer
que ellos crezcan fuertes e
independientes. Es no prepararles
para la realidad de la vida.
Es, pues, una extremada maldad
para con ellos, que se verán
condenados a la eterna dependencia
en relación a sus padres.
Y no son pocos los padres que
súper-protegen, absolutamente
conscientes de que eso hará
con que sus hijos no evolucionen.
Lo que quieren es precisamente
eso, pues no los crían
para el mundo, sino para sí
mismos. Proceden con un egoísmo
sin precedentes, disimulado
de tolerancia y generosidad.
Transmiten a sus hijos la idea
de que el amor de los padres
por ellos es incondicional;
o sea, que para ser amados no
es preciso que los hijos se
comporten dentro de lo que se
considera adecuado. Son amados
por el simple hecho de que son
hijos; y ya está.
Claro
que una actitud de ese tipo
quita a los padres todo el poder
de educar, ya que lo que más
temen los niños es precisamente
la pérdida del afecto
de esas figuras que les son
tan esenciales. Si van a ser
amados de todas formas, ¿por
qué no escapar de la
escuela, robar dinero al vecino,
y más tarde, usar drogas
que prometen una felicidad fácil?
A
mi ver, la mayor maldad que
está presente en esta
noción de que los padres
tienen que amar a los hijos
incondicionalmente es que no
tendrá continuidad. En
la vida adulta, los novios,
amigos, conocidos y colegas
nos aman tan sólo cuando
no ofendemos sus convicciones
y no dejamos de respetar sus
derechos.
Cuando
los jóvenes educados
dentro de esa idea del amor
incondicional perciban que sus
actitudes inadecuadas alejarán
de ellos a las demás
personas, entonces sí,
serán fuertes para desarrollar
rabia e indignación contra
sus padres, que les han tenido
engañados, les han mentido
al prometerles un mundo que
no existe. Es posible que algunos
padres – especialmente
madres – amen a sus hijos
incondicionalmente mientras
son muy pequeños. Pero
con el pasar de los años
el amor deja de ser una cosa
solamente física y pasa
a depender de la admiración.
El que no se empeñe en
despertar la admiración,
no será amado ni por
sus padres ni por las otras
personas.