Pienso
cada vez más en la
importancia capital de las
definiciones rigurosas.
Palabras usadas con doble
sentido, expresiones que
no son muy bien explicadas,
todo puede prestar enorme
deservicio, contribuyendo
a aumentar la confusión
que naturalmente existe
cuando tratamos temas complejos
que tienen que ver con nosotros
mismos. Ello sin hablar
de aquellos que, de mala
fe, gustan de las palabras
que tienen más de
un sentido, puesto que se
prestan muy bien a engañar
a los interlocutores.
Muchas
veces me preguntan lo siguiente:
cuando una persona actúa
de forma egoísta
en las relaciones domésticas,
pero es muy generosa con
los amigos y compañeros
de trabajo, ¿cómo
debe ser vista? ¿Como
esencialmente egoísta
o como generosa? Contesto
siempre que lo que vale
de veras es la conducta
íntima, dentro de
casa. El generoso es el
más tolerante, más
dedicado y amoroso en las
relaciones conyugales, con
los padres y los hijos,
con las personas que viven
o trabajan con él.
No siempre es tan dedicado
a los extraños, y
por lo regular, tiene pocos
amigos.
El
egoísta es agresivo,
cobrador y exigente en sus
relaciones íntimas,
especialmente en aquellas
de carácter conyugal;
espera recibir más
de lo que da y se irrita
mucho cuando no es correspondido
en sus expectativas. En
situaciones sociales, le
gusta bastante comportarse
de forma generosa: es dedicado
a los amigos (en general
muchos, con quienes el trato
es un tanto superficial)
y suele ser muy servicial
cuando alguien está
enfermo y necesitado de
ayuda (tal vez en esas condiciones
pueda ejercer el papel generoso
que tanto admira, además
de no padecer envidia de
aquel que está tan
necesitado de auxilio).
Cuando,
hace décadas, afirmaba
que la generosidad no es
virtud y que está
a servicio de la vanidad,
de la dominación
y de la victoria en el juego
de poder típico de
las relaciones íntimas,
encontraba siempre gran
oposición y enfado.
La indignación era
grande, ya que hemos crecido
dominados por la creencia
de que se trata de una gran
cualidad moral, signo de
fortaleza y desprendimiento.
Creo que sólo comencé
a ser mejor entendido cuando,
al tratar acerca de las
relaciones afectivas más
íntimas, he podido
demostrar que la generosidad
y el egoísmo forman
un dúo en que el
uno no es mejor que el otro,
a no ser por el hecho de
que el generoso tiene cómo
dar más.
Si
el egoísmo es del
mal, entonces la generosidad
también lo es. Sí,
porque uno alimenta y refuerza
al otro: no puede existir
el egoísta sin el
generoso dispuesto a proveerle.
Si la generosidad se acabara,
¡se acabaría
inmediatamente el egoísmo!
Al mismo tiempo, el generoso
necesita del egoísta,
porque si no, no tendrá
sobre quién ejercer
su superioridad. No es posible
pensar en una virtud (que
sería la generosidad)
capaz de alimentar un vicio
(el egoísmo). Así,
sólo podemos pensar
que ambos forman parte de
la misma categoría,
los del mal.
En
este punto de mi argumentación,
oigo el comentario certero:
pero ¿toda acción
dedicada al otro es del
mal? ¿No existen
actitudes realmente desinteresadas,
que no tengan nada que ver
con el deseo de dominar,
de disminuir la propia inseguridad
y de alimentar la vanidad?
Existen, sí. Considero
esencial afirmar que éstas
deben ser inmediatamente
distinguidas de la “generosidad”
social de los egoístas,
pues éstos aprovechan
una eventual condición
de superioridad para ejercer
su vanidad, adquirir admiradores
indebidos y hacer propaganda
engañosa de sí
mismos.
Un
acto genuino de dedicación
a terceros debe, a mi modo
de ver, ser conocido por
otro nombre que no aquel
que usamos para la dedicación
sincera y dudosa de los
generosos a sus seres queridos.
Pienso que lo mejor aquí
es, a esta acción,
genuinamente del bien, denominarla
altruismo, que pasaría
a ser definido como la dedicación
realmente desinteresada
a personas, grupos o instituciones.
El altruismo implica, como
norma, actividades ejercidas
de forma anónima,
encaminadas a personas que
no conocemos (o con quienes
no tenemos contacto social
regular ni segundas intenciones)
y que recibirán nuestra
colaboración de una
manera que no las humilla
y que ciertamente será
de gran valía para
su cotidiano.
Altruismo
es el nombre que define
nuestra participación
en acciones sociales de
todo tipo. Puede ser ejercido
mediante donaciones de una
porción de nuestras
rentas, puede darse por
medio del trabajo voluntario
en hospitales, comunidades
carentes, etc. Puede ejercerse
a través de la acción
política realmente
desinteresada y desprovista
de vanidad (¡esto
sí que es raro!).
En
la generosidad, muchas veces
la intención es buena,
pero los efectos son nefastos:
cuando el padre, pretendiendo
agradar a su hijo, se dedica
demasiado a él, lo
protege más allá
de lo esencial, podrá
causarle un gran daño,
convirtiéndolo en
alguien débil y poco
preparado para enfrentarse
a las adversidades de la
vida. La verdad es que tenemos
que abandonar de una vez
la idea de que las intenciones
valen algo. Lo que interesa
de veras es el efecto que
van a provocar sobre los
“beneficiarios”
de una determinada acción.
Cuando
pensamos en el altruismo,
la intención es buena
y los efectos son siempre
positivos, ya que no existe
el riesgo de que el beneficio
determine la debilitación
de aquel que lo recibe (excluido,
claro está, el caso
de las limosnas dadas al
azar y que, por lo regular,
están realmente a
servicio de aplacar los
sentimientos de culpa de
quien las da). En el altruismo,
aquel que recibe se beneficia,
y el uso positivo de aquello
que recibe puede ayudarle
a recobrar la salud, a aprender
más o a reconquistar
una vida digna de trabajo.
Aquel que ayuda puede experimentar
un gran placer por haber
dado algo de sí,
por haber sido realmente
útil. Puede, con
propiedad, experimentar
el genuino placer de dar,
ya que no existe el riesgo
de perjudicar a aquel que
recibe. En ese caso, y sólo
en ese, cabe la máxima
franciscana de que “es
dando como se recibe”.