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En algún momento de los años 1890 comenzaron a surgir, en los EUA, algunos textos que intentaban explicar ciertas actitudes de hombres y mujeres como siendo derivadas de procesos aprendidos – y consolidados genéticamente – a lo largo de la evolución de las especies. Nosotros, como punto final (al menos hasta ahora) del ciclo de modificaciones que ha redundado en la transformación de los mamíferos superiores en humanos, habríamos heredado modos de proceder, practicados de forma automática, que tienen todo que ver con la preservación y perpetuación de nuestra especie. Tenderíamos a buscar explicaciones sociológicas o psicológicas para maneras de proceder que serían esencialmente biológicas, genéticamente determinadas. Actuaríamos de esta forma porque no nos gusta reconocernos tan claramente mamíferos, tan próximos a los monos, los perros, etc.
Estas
hipótesis son interesantes
y tienen cierta coherencia lógica.
Han sensibilizado a un buen número
de biólogos, antropólogos
e incluso psicólogos. Se
han creado nuevas ramas de actividad
intelectual denominadas psicobiología
y sociobiología. Varios
libros se han escrito y muchos
de ellos se han convertido en
superventas en varios países,
incluso en el Brasil. Explicaciones
de este tipo han sido aplicadas
especialmente a los campos más
dependientes de nuestros instintos,
como sería el caso de la
sexualidad y también de
la agresividad. La supervivencia
de los más fuertes dio
fuerza a reflexiones sociopolíticas
de carácter extremadamente
conservador, en las cuales los
mejor dotados tienen derecho a
todo y los más débiles
no necesitan siquiera sobrevivir.
Sí, porque la muerte de
éstos sería incluso
conveniente para el futuro de
la especie, purificada de genes
incompetentes.
No quiero
entrar en la polémica cuestión
de la agresividad y sus correlaciones
con el pensamiento político.
No forma parte del foco principal
de mis atenciones. Ahora bien,
la cuestión sexual está
en el centro de mis reflexiones
y ahí pongo mucho empeño
en aclarar algunas cuestiones.
La hipótesis de que habría
una especie de lógica y
buen sentido evolucionista en
los comportamientos poligámicos
de los hombres – que así
garantizarían el mayor
número de mujeres fecundadas
– y también en el
carácter selectivo de las
elecciones femeninas – lo
cual daría dignidad biológica
al deseo de ellas de ser fecundadas
por los más fuertes –
es algo que merece una atención
muy especial por parte de los
espíritus más atentos.
Ello debido a que esto podría
estar al servicio de dar cierta
“dignidad” a prácticas
moralmente muy dudosas.
Me gustaría
inicialmente reafirmar mi convicción
de que lo lógico y lo verdadero
no andan siempre juntos. La lógica
es un sistema de pensamiento y
la verdad es el conjunto de puntos
de vista en los cuales creemos
en un determinado momento de nuestra
historia. Aquí me declaro
como historicista, alguien que
considera que el modo de interpretar
los acontecimientos tiene lugar
de forma diferente en cada fase
de la vida cultural de los hombres.
Coincido con Nietzsche cuando
afirma que “no existen acontecimientos,
sino interpretaciones”.
Y más, ¡que eso ya
es una interpretación!
Lo que es lógico en un
determinado momento deja de serlo
en otro: la Tierra como centro
del Universo era constatación
lógica hasta las reflexiones
de Copérnico y Galileo,
cuando se hizo “obvio”
que la Tierra no era el centro
de nada.
El destino de todos los puntos de vista es ser superados por otros mejores y que sólo podrán darse a conocer a partir de los cambios objetivos y subjetivos que nosotros mismos producimos sobre nuestro hábitat. Así, interpretar acontecimientos sucedidos centenas de años atrás (o más) con la mente actual, es una proeza temeraria y sujeta a graves equivocaciones. ¿Quién puede afirmar que, en la selva primitiva, cuando los hombres tenían acceso sexual a todas las mujeres que les apeteciesen, estuviesen ellos sabedores de que el sexo estaba al servicio de la reproducción? La superioridad muscular les permitía el abordaje sin que dependiesen de la anuencia de las mujeres, y lo hacían movidos por el deseo y nada más. Las mujeres no podían elegir cosa alguna: la gran mayoría de los hombres más débiles era físicamente más fuerte que ellas y sólo esto es lo que contaba. Así pienso yo, intentando despojarme del modo actual de pensar, e imaginándome en un mundo esencialmente animal. Claro que puedo estar equivocado y que las cosas no hayan sucedido de esta forma. Es más, nada de esto me sorprenderá, pues aún los más sofisticados pensamientos que yo haya tenido tendrán el mismo final: serán ultrapasados y sustituidos por otros que sólo aparecerán porque la historia de nuestra especie continuará y las condiciones de vida serán diferentes.
La impresión que tengo es la de que todo ocurría apenas en función del acaso, de los encuentros y desencuentros entre hombres y mujeres. A partir del surgimiento de una vida social un poco más organizada es cuando se ha podido comenzar a elegir. Sin embargo, ahí ya estamos en el dominio de la psicología y de la sociología y no de la biología. A partir del inicio de la vida en sociedad ya no existe biología en sentido puro. Todo pasa a sufrir la interferencia de las normas vigentes en aquel determinado grupo y en aquel determinado momento. A partir de ahí, estamos en el dominio de la historia más que en el de la biología. O, como decía Ortega y Gasset (de forma radical, como era su estilo): “El hombre no tiene naturaleza; el hombre tiene historia”.
El
tema es complejo y merece otras
muchas consideraciones. Por ahora,
me gustaría enfatizar los
peligros de las ideas que lo explican
todo. En realidad, las hipótesis
evolucionistas consideran la existencia
de una “lógica y
sabiduría” supra-humana;
seríamos, sin darnos cuenta,
gobernados por ella. Se trata,
por lo tanto, de una manera más
de pensar que toma por base una
verdad absoluta que se impone
a nosotros. La sabiduría
divina desaparece y da lugar a
la sabiduría de la genética
y de la evolución. No creo
que la reflexión científica
pueda ser regida por verdades
absolutas y atemporales. Esta
es la forma de pensar de las religiones
– y el carácter atemporal
está presente apenas en
los religiosos denominados fundamentalistas.
Prefiero partir de la premisa
de que, en el dominio de las ciencias,
las verdades tienen que ser relativas
y estar en permanente evolución.
¡Las “verdades”
son las que están en evolución! |