El
cuerpo interfiere en el
alma al igual que el alma
interfiere en el cuerpo.
A pesar de sufrir la influencia
del cuerpo, el alma está
lejos de ser tan sólo
una extensión de
aquél. El sistema
de pensamientos, la capacidad
de imaginar y de abstraerse
del simple registro de
los acontecimientos reales,
la constitución
de un código de
valores, todo esto añadido
a la consciencia de que
se es capaz de todo eso
- amén de la ya
citada consciencia de
la finitud de la existencia
- define una instancia
autónoma que trasciende
el cuerpo. El alma sufre
la influencia del cuerpo,
pero no es tan sólo
una manifestación
sofisticada de nuestra
química. No creo
que esté cercano
el día en que tendremos
alguna idea respecto de
cómo el cerebro
"produce" pensamientos.
Siendo así, para
fines prácticos,
debemos considerar el
alma como independiente,
lo cual define psicología
como una ciencia aislada
y desvinculada de la neurología
y de la denominada neurociencia.
Cualquier actitud de reducción
es ingenua y empobrecedora.
Suele darse como parte
de la defensa de una tesis,
una teoría, un
punto de vista. Ahora
bien, el punto de vista
ya es una manifestación
de la propia alma. ¡Es
el alma del investigador
la que estudia la neurociencia!
Por otra parte, despreciar
los avances en la comprensión
de las funciones cerebrales
forma parte del mismo
procedimiento simplificador
y corporativo.
Como
si no bastase esa permanente
dualidad entre nuestra
biología y la psicología,
tendremos además
que introducir un tercer
ingrediente que, en determinadas
circunstancias, puede
llegar a ser de fundamental
importancia. La adquisición
del lenguaje ha determinado,
según suposición
que ya he registrado,
una epidemia extraordinaria
de avances de todo tipo,
incluso de la comunicación
entre los miembros de
una determinada comunidad.
El traspaso del conocimiento
acumulado de una generación
a otra y la facilidad
de comunicación
entre las personas debe
haber contribuido, mediante
varios mecanismos, para
el estrechamiento de la
convivencia y eventualmente
para el aumento de las
dimensiones de cada grupo
humano. La mayor o menor
competencia para el uso
del lenguaje y del conocimiento
puede haberse transformado
en rival de la competencia
física, elemento
que, al principio, debe
haber sido lo más
importante para el establecimiento
de jerarquías dentro
de los grupos. Es siempre
muy difícil imaginar
la existencia de grupos
sin que tiendan a surgir
lideratos, y asimismo
diferenciación
de funciones y privilegios.
Los grupos mayores deben
provocar una diferenciación
de papeles todavía
más desnivelada.
No
pretendo extenderme en
aspecto alguno de este
texto, mucho menos en
el que concierne al establecimiento
de las peculiaridades
de la vida en sociedad.
Lo que importa aquí
es dejar claro mi punto
de vista, que es el de
que los hombres ahora
unidos también
por un lenguaje en común,
han constituido organizaciones
sociales cada vez mayores
y más complejas,
sujetas a reglamentaciones
cada vez más complejas
y sofisticadas. Éstas
tenían por objeto
definir, de modo claro,
los papeles y funciones
de cada uno de sus miembros,
lo cual, en la práctica,
implicaba la constitución
de jerarquías de
poder y privilegio a servicio
de los más fuertes.
Los más fuertes
probablemente no eran
ya solamente aquellos
dotados de adecuada complexión
física, sino también
de habilidad e inteligencia
en el manejo del lenguaje.
No
es el caso tampoco de
discutir las formas de
utilización de
la inteligencia, el espacio
que el desarrollo del
lenguaje abrió
para la mentira y para
el uso de argumentos falsos
en defensa de los propios
intereses. El hecho es
que las organizaciones
sociales se han ido tornando
más complejas y
sometidas a reglamentaciones
cada vez más sofisticadas
en lo que concierne a
la producción y
distribución de
los bienes que eran capaces
de generar y también
en lo que se refiere a
la jerarquización
de los papeles y poderes
dentro de cada grupo.
Pienso que los poderosos
siempre han establecido
normas de conducta que
todos debían seguir
- casi siempre ellos mismos
eran las únicas
excepciones, los que no
tenían por qué
respetar las reglas que
ellos mismos establecían.
La mayoría de las
personas respetaba - y
aún hoy respeta
- las reglas por miedo
a las represalias a que
podrían estar sujetas.
Tales reglas van desde
cosas importantes, ligadas
a la preservación
del grupo, hasta la constitución
de normas elementales
e irrelevantes. Las más
importantes son punidas
de forma severa, que puede
ser incluso la condena
a muerte. Las más
irrelevantes serán
objeto de ironías
y escarnio por parte de
las otras personas, lo
cual es increíblemente
coercitivo y humillante
para la gran mayoría
de la gente. Así,
por miedo al rechazo "de
los demás", obedecemos
a normas innecesarias
- que reglamentan asuntos
privados y fútiles
- que nos vienen impuestas
desde fuera y con las
cuales muchas veces no
estamos de acuerdo.
Está
así constituido
el tercer brazo autónomo
que interfiere en el modo
en como sentimos, pensamos
y procedemos: vivimos
y dependemos de la sociedad,
el conjunto de las personas
con que compartimos un
espacio, una misma lengua
y por las que nos sentimos
obligados a respetar las
costumbres y usos sin
siquiera cuestionarnos
de qué manera han
sido constituidos. El
medio social interfiere
incluso en el modo como
pensamos e imaginamos,
especialmente en una sociedad
como la actual, increíblemente
diferenciada y rica en
estrategias de interferencia
sobre nuestra subjetividad.
Nunca la sociedad ha influido
tanto en el alma como
en esta era de la cultura
de masas que hemos vivido
en los últimos
100 años. El cine,
la televisión y
principalmente la publicidad
definen muchos de nuestros
puntos de vista, gustos
e incluso aspiraciones
y fantasías. Imaginamos
tal como nos enseñan
a hacerlo. Soñamos
con lo que nos mandan
soñar.
Hemos
estado muy preocupados
con nuestros mecanismos
neurológicos y
con la influencia de la
química cerebral
sobre nuestros actos y
pensamientos. Deberíamos
estar mucho más
atentos a las influencias
que nos llegan desde fuera
de la sociedad. Bajo la
apariencia de una libertad
máxima, nunca hemos
sido tan explícitamente
estereotipados, domesticados
y manipulados. Está
claro que todo esto nos
deprime, hace daño
a nuestra alma. ¡El
alma, pobre infeliz, ha
quedado exprimida entre
una sociedad opresora
y un estado químico
cerebral de carácter
esencialmente depresivo!
He aquí el ser
humano, un ser bío-psico-social.
Hoy en día es esencialmente
un ser social, víctima
de un ordenamiento económico
opresivo y lleno de mandamientos
casi imposibles de cumplir.
Es un ser también
biológico, deprimido,
angustiado e insomne por
fuerza de una masacre
social inusitada e insoportable.
Un ser cuya psicología
está sumergida
e inoperante.
Un
aspecto que merece breve
mención es el resurgir
de corrientes evolucionistas,
aquellas que pretenden
explicar nuestro comportamiento
en función de adquisiciones,
impresas en nuestra carga
genética, que habríamos
llevado a cabo a lo largo
de los millones de años
de la evolución
de las especies, y que
son relativas a nuestra
preservación. Éstas,
por lo regular, confirman
comportamientos que la
sociedad acepta. Por ejemplo,
los hombres tenderían
a ser más promiscuos
sexualmente que las mujeres,
a fin de que el mayor
número de ellas
fuesen fecundadas y así
la especie tendría
más posibilidades
de sobrevivir. Pienso
que somos mucho más
sofisticados que eso.
Sólo podemos creer
en puntos de vista de
ese tipo porque hemos
vivido una fase en que
nuestra vida psicológica
está dramáticamente
atrofiada. ¡En épocas
"normales" nuestros puntos
de vista nuestras reflexiones
influyen bastante más
que nuestros genes! Eso,
si estos de hecho contienen
informaciones así
de irrelevantes. Lo que
más aflige en posicionamientos
"científicos" de
ese tipo es que tienden
a dar validez "biológica"
a muchos aspectos de nuestra
vida social. Al minimizar
la importancia del alma
como posible factor de
influencia sobre la constitución
de estructuras sociales
más razonables,
están despreciando
una de nuestras adquisiciones
más sofisticadas,
como es la capacidad de
construir y aplicar un
código moral en
el cual la justicia pueda
prevalecer. En otras palabras,
construir una sociedad
administrada por el alma
y no un simple fruto de
nuestra biología.
Es
evidente, pues, que en
una fase como la actual
ni siquiera consigamos
usar la palabra "alma"
a no ser con cierto encogimiento.
Ella parece de veras no
existir, ya que nuestra
vida íntima está
totalmente perjudicada.
El empeño urgente
tiene que ser en el sentido
de rescatarla. La preocupación
excesiva y el énfasis
exagerado que ha venido
dándose a la neurociencia
está, de hecho,
a servicio de la preservación
de la influencia máxima
de la sociedad, ya que
distrae nuestra atención
y mitiga, a través
de nuevos fármacos,
los efectos nocivos que
hemos venido sufriendo
por fuerza de ese desgobierno.
Es
difícil, en una
frase, definir qué
sería rescatar
el alma. Pero si tuviese
que hacerlo, diría
que lo esencial es que
consigamos ponernos frente
a frente con nuestra soledad,
con el hecho, hoy casi
totalmente olvidado, de
que somos criaturas únicas.
Tenemos pavor a la soledad,
a la introversión,
al recogimiento. Hemos
sido adiestrados para
convivir todo el tiempo
- de forma real o virtual
-, a no pensar por nuestra
propia cuenta y principalmente
a no desarrollar ideas
originales ya que éstas
podrían llevarnos
a la poco confortable
condición de rechazados
y humillados. No en vano
el pensamiento creativo
está atrofiado
incluso en los sectores
que siempre han sido resistidores
a la presión de
la sociedad: ni siquiera
nuestros jóvenes,
y tampoco nuestros artistas
vienen siendo capaces
de producir algo nuevo.
El
rescate del alma pasa
por el ejercicio salubre
de nuestra individualidad.
Ejercicio salubre significa
ejercicio moralmente justo.
El individualismo que
no es egoísmo consiste
en el ejercicio respetuoso
de nuestros propios derechos
y también de los
derechos que se deben
a los demás. El
alma, cuando está
en actividad, es única.
Somos bastante parecidos
en cuanto seres biológicos,
pese a que, incluso en
este aspecto, tenemos
nuestras peculiaridades.
Tendemos a hacernos muy
parecidos unos a otros
en función de haber
todos resistido muy mal
al poderoso masacre social
para homogeneizar cabezas,
gustos, ideas e incluso
sueños. Volveremos
a tener identidad - o
sea, volveremos a tener
alma y a ser unos seres
psicológicos -
cuando seamos capaces
de librarnos de lo que
somos hoy: tan sólo
seres bio-sociales.