Nuestra
trayectoria, como especie
impar, pasa por el crecimiento
y diferenciación
del cerebro y de todo el
sistema nervioso, lo cual
ha permitido una mayor y
mejor utilización
del “equipamiento”
así disponible. Tal
vez la más formidable
sea la posibilidad de constitución
del lenguaje. Éste
depende del perfeccionamiento
de innumerables áreas
cerebrales, muchas de ellas
con mejor conocida localización,
en la actualidad.
Es
fuerte mi convicción
de que la adquisición
del lenguaje corresponde
a un divisor de aguas entre
dos circunstancias completamente
diferentes. Nuestra especie
ha vivido, a lo largo de
decenas de miles de años,
sin haber conseguido sistematizar
y traspasar a las generaciones
siguientes un sistema de
signos que denominasen a
objetos, acciones y sensaciones.
Pienso que han estado, más
que nada, a vueltas con
sus impulsos instintivos
y con la resolución
de sus necesidades de supervivencia.
Formaban, como los demás
mamíferos, arcos
reflejos condicionados y
los respetaban. Reaccionaban
a los deseos sexuales, a
las situaciones agresivas
y a algunas reglas de supervivencia
que hubiesen aprendido a
respetar. En ese dominio,
todo son suposiciones y
no estoy cualificado para
ir más adelante en
los detalles.
Avanzando
por los milenios, y continuando
en el plano de las conjeturas,
imagino que en algún
momento hemos sido capaces
de dar uso efectivo al “equipamiento”
que ya poseíamos
desde hacía mucho
más tiempo. Los símbolos
sonoros – más
tarde también registrados
bajo la forma de dibujos,
nuestra primera escritura
– han podido ser asociados
fijamente a los actos y
a determinados objetos con
sus propiedades. Me refiero
al hecho de que el mismo
símbolo pasaba a
tener idéntico significado
para todos los miembros
de un determinado grupo.
Siendo así, han podido
ser traspasados de una generación
a la otra, lo cual ha permitido,
posiblemente por primera
vez, la sistemática
y rápida acumulación
de experiencias y conocimiento.
En mis devaneos imagino
que esa debe haber sido
la primera gran revolución
“tecnológica”,
en todo similar a la que
estamos viviendo actualmente.
Es
difícil imaginar
en cuánto la adquisición
del lenguaje ha podido influenciar
la vida de cada persona
y también la forma
como vivían socialmente.
Algún tipo de vida
en grupo era anterior a
la adquisición del
lenguaje, ya que éste
dependía de que los
mismos símbolos fuesen
usados por varias personas
con igual significado. A
los símbolos los
denominamos palabras. Éstas
pasaban a sustituir, en
la mente de cada uno, el
objeto o situación
a que se refería,
tal como los números
han venido a sustituir la
cantidad de objetos. De
un momento para otro, hemos
pasado a correlacionar las
palabras entre sí
sin tener que atenernos
directamente a los acontecimientos,
tal como los matemáticos
pueden inventar correlaciones
entre números que
ya casi no tienen nada que
ver con las cantidades a
que inicialmente se referían.
Surge la posibilidad de
construir pensamientos,
o sea, conjunto de frases
constituidas por palabras
que, un día, habían
sido “tan sólo”
símbolos indicativos
de objetos, sensaciones
o situaciones.
Tengo
que empeñarme para
no perderme y no confundirme
mientras escribo estos renglones,
de modo que supongo que
el lector no se encontrará
en situación muy
diferente. ¡Es como
si estuviésemos asistiendo
a un curso de matemáticas
o incluso de informática!
No vamos a enrollarnos más
en este berenjenal. El caso
es que somos capaces –
y eso lo sabemos por vivencia
personal – de servirnos
de nuestro cerebro de forma
a construir pensamientos,
imaginar situaciones que
no estamos viendo, reflexionar
acerca de lo que nuestros
órganos de los sentidos
nos informan. En los sueños
“vemos” lo que
no existe, ya que tenemos
los ojos cerrados; sabemos
distinguir lo que vemos
de lo que imaginamos, aun
cuando ambos nos llegan
bajo la forma de imágenes.
Somos sensibles a determinados
sonidos que, en nosotros,
determinan emociones especiales,
y así sucesivamente.
Lo más importante
de todo esto es que somos
conscientes de nuestra condición.
Sabemos que, como los otros
animales, somos mortales.
Vivimos en el conocimiento
de que, un día, llegaremos
a morir, y nuestro cuerpo
será reintegrado
a la tierra.
El
aspecto más interesante
de nuestra condición
es que no vivenciamos toda
esa gama de pensamientos
y sensaciones como si ellas
estuviesen en relación
con nuestro cuerpo, en especial
con el cerebro. Cuando pensamos,
imaginamos o conversamos,
no tenemos la sensación
de que nuestro cerebro está
en actividad, de que determinadas
reacciones químicas
en el interior de las neuronas
son las responsables por
nuestras sonrisas o lágrimas.
No es así como nos
percibimos. Tenemos la nítida
impresión de que
nuestra actividad intelectual
– o sea, las correlaciones
que hacemos entre palabras,
frases, conceptos, etc.
– y nuestras emociones,
son totalmente independientes
del cuerpo. Tenemos la impresión,
por tanto, de que somos
dobles, constituidos de
dos entidades: la que posee
un cuerpo y otra más,
inmaterial, que ha sido
denominada alma. Nuestra
alma contiene nuestros pensamientos,
sensaciones y también
valores, algo que hemos
construido a partir del
uso autónomo de nuestras
funciones psíquicas.
Nuestra alma, por veces,
mira para nuestro cuerpo,
¡y no lo reconoce
como nuestro! Es común
que esto suceda cuando envejecemos
y nos asombramos con nuestra
imagen reflejada inesperadamente
en alguna superficie con
espejo.
Los
dolores físicos,
registrados en el alma,
nos recuerdan que esas entidades
no están así
tan separadas. Ocurre lo
mismo cuando nos percibimos
tomados por impulsos corporales,
como pueden ser el deseo
sexual, el hambre, la sed,
reacciones agresivas, etc.
Éstos llegan a la
consciencia – palabra
que corresponde, al igual
que la mente, a sinónimo
de lo que estoy denominando
alma – y, por veces,
no son muy bien recibidos.
Es como si nuestra alma
tuviese que “soportar”
algunos desafueros de nuestro
cuerpo. Es como si nuestra
alma, superior, tuviese
que convivir con los mezquinos
anhelos corporales.
Al
mismo tiempo hemos de aceptar
que el alma no es capaz
de subyugar totalmente al
cuerpo, lo cual determina
una inexorable tensión
interna, un conflicto entre
partes. El alma construye
un conjunto de valores que
no siempre tienen en cuenta
las reales peculiaridades
del cuerpo. Tal sistema
de valores parece haber
sido elaborado en función
de una idea de que, a través
de los pensamientos y de
la acción de la mente,
seríamos capaces
de trascender totalmente
nuestra condición
mamífera y mortal,
muchas veces percibida como
algo intolerable.
El
cuerpo también suele
tener sus “quejas”
en relación con el
alma. Suele sentir como
exagerados e innecesarios
los frenos derivados del
sistema de valores constituidos
por el alma. La realización
de determinados deseos naturales
acaba por determinar una
ofensa al código
mental, de modo a provocar
un conflicto íntimo
que puede incluso determinar
efectos nocivos a la salud
corporal. Si la persona
actúa de acuerdo
con el deseo del cuerpo,
el alma protesta y determina
sentimientos de vergüenza
o culpa. Si se priva al
cuerpo de actuar, éste
puede ponerse enfermo. Y
así vamos intentando
equilibrar nuestra dualidad
y sus consecuencias.
El
anhelo de trascendencia,
de que esa parte inmaterial,
sentida como superior, que
habita nuestro cuerpo sea
capaz de sobrevivir a nuestra
muerte física, debe
haber influido en la construcción
de la hipótesis de
la inmortalidad del alma.
No tengo la menor intención
de opinar sobre este tema.
Me gustaría reafirmar
el punto de vista en que
me estoy basando: con independencia
de su origen y de su carácter
mortal o inmortal, vivenciamos
en nuestra subjetividad
la presencia del alma, como
pueda ser, un conjunto de
pensamientos, sensaciones
y valores, que no nos parecen
vinculados al cuerpo. No
desconozco el hecho de que
alteraciones orgánicas
cerebrales de todo tipo
pueden interferir en nuestro
estado psíquico,
especialmente en la disposición,
humor, e igualmente provocar
disfunciones senso-perceptivas
y de cognición más
o menos graves. No desprecio
nada de eso. Tan sólo
registro que, desde el punto
de vista de la psicología
normal y de cómo
vivimos lo cotidiano, el
alma parece destacada del
cuerpo. Además, no
siempre somos competentes
para percibir la influencia,
que efectivamente sufrimos,
de nuestras condiciones
corporales, especialmente
aquellas relacionadas con
la química cerebral.
No
resta ya la menor duda de
que las alteraciones metabólicas
cerebrales pueden interferir
dramáticamente en
la forma como pensamos,
sentimos y procedemos.
O
sea, el alma está,
sí, sujeta a las
condiciones del cerebro
– así como
de todo el cuerpo. Ocurre
que la recíproca
también es verdadera:
muchos de nuestros pensamientos
desastrosos, relativos a
miedo o a malos presagios,
determinan inmediatamente
las reacciones físicas
correspondientes. Nuestro
cuerpo reacciona a nuestros
pensamientos de la misma
forma en que reacciona a
los acontecimientos que
a ellos corresponderían.
¡Las reacciones corporales
no distinguen entre realidad
e imaginación!