“La
familia está para eso”
es un tema peligroso, pues
permite que nuestra privacidad
sea allanada, creando situaciones
embarazosas e impidiendo una
relación más
saludable y madura.
Somos educados para distinguir
muy claramente los parientes
de los amigos y de las demás
personas en general. Desde
críos hemos aprendido
que la familia está
compuesta de criaturas sui
generis que tendrán
con nosotros un nivel de relación
especial, gobernada por un
código propio, diferente
del que empleamos en el trato
con extraños. Con éstos
mantenemos una relación
cordial y más formal,
respetuosa y que presupone
reciprocidad en las actitudes.
Por ello nos ofendemos rápidamente
y reaccionamos cuando somos
invadidos en nuestra privacidad.
Detestamos sentirnos explorados
y reaccionamos con vehemencia
frente a intromisiones indebidas.
La tolerancia con los desconocidos
es relativa y tendemos a evitar
nuevos contactos con aquellos
que no actúan adecuadamente.
A veces llegamos a enfadarnos
deveras: otras veces, apenas
nos alejamos. Todo depende
del temperamento, de la situación
y también del tipo
de persona con la cual nos
indisponemos.
Hemos sido educados
para “no llevar desafueros
para casa”.
La cosa es completamente diferente
cuando nos relacionamos con
parientes, especialmente los
más cercanos. Padres,
abuelos, hermanos, hijos,
primos y tíos directos,
todos se encuentran a gusto
para decir lo que piensan
acerca de nosotros. Lo hacen
sin inhibiciones y, lo que
es peor, sin ser consultados.
La invasión sería
absolutamente intolerable
si proviniese de extraños
o incluso de amigos. Sin embargo,
ese allanamiento de nuestra
privacidad pasa a ser considerado
como una “obligación”
del grupo familiar.
¡Ay
de nosotros, si nos sentimos
ofendidos! No habrán
de faltar recriminaciones
del género de: “si
te estoy diciendo estas cosas
es por tu bien. Soy tu madre
y me siento con derecho a
decirte todo cuanto pienso,
porque es obvio que te quiero”.
Hay variantes con igual intención
y significado, cambiando apenas
el grado de parentesco.
En primer lugar, no es tan
obvio que la emoción
predominante entre parientes
sea el amor. Pienso que, en
muchos casos, la rivalidad
y la envidia pueden predominar
entre hermanos; por ejemplo,
sentimientos positivos son
ahogados por una relación
tumultuada y por disputas
de todo tipo. Hasta en el
“principio de los tiempos”
hemos tenido problemas: los
dos primeros hermanos fueron
Caín y Abel y uno mató
al otro. Rivalidad y envidia
también imperan en
las ligaduras entre padres
e hijos, entre madres e hijas.
La mayoría de las veces,
el amor existe, pero no es
la única emoción.
Por tanto, es arbitrario decir
que los lazos que unen a los
parientes sean siempre positivos
y constructivos. No me atrevería
a afirmar eso ni siquiera
referido a mi madre o a mi
hijo. Es más, los más
importantes descubrimientos
de Freud tienen que ver con
la descaracterización
del mito según el cual
la familia es un santuario
de las mejores y más
bellas emociones.
Pero
un aspecto común entre
parientes se refiere a la
facilidad con que unos exigen
cosas a otros. Si nos falta
dinero y tenemos que pedir
prestada cierta cantidad a
un “extraño”,
el apuro que sentimos es enorme.
Ahora bien, si es a un pariente,
no experimentamos el menor
escrúpulo. Y si tiene
más dinero que nosotros,
llegamos a pensar que será
“obligación suya”
quitarnos de la condición
precaria en que nos encontramos.
Si, porque “los parientes
están para eso”.
Es “obvio” que
unos padres más ricos
deberán ayudar al hijo.
Cuando la situación
se invierte, éste mantendrá
a los padres, abuelos, además
de alguna tía solterona...
No me parece que nada sea
tan claro ni tan obvio. Creo
incluso que tales reglas –
a diferencia de las que orientan
las relaciones en general
– han sido creadas por
personas oportunistas y, por
lo tanto, débiles y
egoístas. Su finalidad
es conmover a los parientes
más generosos y transformarlos
en proveedores de todo lo
que les falta. Es más
fácil y, a primera
vista, más astuto,
quitar a los demás
aquello que no se ha conseguido
por esfuerzo propio.
“Con
los parientes no es preciso
hacer ceremonia”. Tampoco
estoy de acuerdo con esa afirmación.
Ofender, reñir y después
hacer las paces afecta a cualquier
relación. Deberíamos
tratar con redoblados cuidados
precisamente a los individuos
que están más
cercanos a nosotros.