Una
de las causas del llamado
conflicto de generaciones
reside en el hecho de que
los jóvenes son casi
siempre idealistas y están
dispuestos a sacrificarse
para la obtención de
un mundo mejor. Con el paso
de los años, en cambio,
la mayoría se va volviendo
más realista, más
preocupada con resolver sus
cuestiones personales y con
menos entusiasmo para dedicarse
a la comunidad. Si, por un
lado, simpatizamos con los
jóvenes que se muestran
revolucionarios y desprendidos,
por otro, consideramos inadecuadas
a las personas que, después
de la madurez, persisten en
mantener tal comportamiento.
Considero que esa aparente
contradicción encierra
buena dosis de verdad y merece
ser analizada más profundamente.
Los
mejores jóvenes, aquellos
que se entristecen al observar
las desigualdades sociales
y la miseria humana, se tornan
presa fácil de las
ideas que apuntan a una solución
rápida. Corrientes
religiosas o políticas
de ese tipo sensibilizan y
conquistan a la juventud.
Aquí surge otro ingrediente,
bien conocido por todos nosotros:
la vanidad. El joven “se
pone en la piel” del
héroe y se siente especial,
al luchar por causas tan nobles.
Se exhibe y se destaca, lo
cual satisface sus placeres
eróticos ligados a
la vanidad, y además
lo hace en nombre de la justicia.
El
aspecto más importante
de esas ideologías
es que parten del siguiente
principio: la voluntad de
las personas traerá
el cambio que se pretende.
Desde mi punto de vista, sus
adeptos defienden una idea,
sin preocuparse en saber si
es viable o no. Desgraciadamente,
casi siempre se trata de causas
imposibles, porque tropiezan
con algunas características
biológicas de nuestra
especie. Tan sólo como
ejemplo: no sirve de nada
luchar por la igualdad, cuando
es obvio que somos todos desiguales;
no vale perdonar a nuestros
agresores, si no es de corazón.
Las bellas ideas se basan
en conceptos, no en hechos,
es decir, si la realidad no
está de acuerdo con
lo que uno piensa, ¡peor
para la realidad! Ojalá
pudiésemos hacer eso…
Es evidente, no obstante,
que sólo el espíritu
joven y omnipotente consigue
tener una visión tan
utópica y lineal de
la vida.
La
omnipotencia en este caso
significa imaginar que seremos
capaces de adaptar el mundo
a nuestras ideas, convicciones
y deseos. Unidos, tendremos
fuerza para barrer el dolor
y la miseria de la faz de
la Tierra. A partir de estas
premisas, el joven pasa a
estar seguro de que todos
los obstáculos serán
superados y el bien prevalecerá
sobre el mal.
Tales
teorías demuestran
buenos sentimientos y, a primera
vista, parecen muy bonitas.
Sin embargo, no brillan por
su buen sentido ni por su
lógica. Todo ese proceso
mental es increíblemente
pretencioso y arrogante. Cada
ser humano tiene que adaptarse
a los acontecimientos de la
vida, aun cuando sean menos
atrayentes que nuestros ideales.
Tendremos que aceptar la realidad,
pues este es el mejor mundo
que el hombre ha sido capaz
de construir hasta el presente
momento. La conclusión
podrá decepcionar a
los que han soñado
con utopías. Al comparar
hechos verdaderos con falsas
ideas, pasarán a detestar
los hechos. Sin embargo, el
error se encuentra en la impropiedad
de la comparación.
De
cualquier forma, con el paso
de los años, vamos
alcanzando madurez emocional,
nos vamos volviendo menos
omnipotentes y más
humildes. Percibimos que nuestro
papel en la historia es más
modesto de lo que pensábamos.
Acabamos sustituyendo bellas
ideas falsas por hechos concretos,
que no son bellos ni feos;
son tan sólo hechos.
Aprendemos a respetar la realidad,
a relacionarnos con ella,
a adaptarnos. Percibimos que
las cosas se modifican muy
lentamente: no en función
de nuestros deseos, sino en
virtud de complicados procesos
sociales.
Comprendemos
los límites que la
biología impone a los
cambios. Al dejar de pelearnos
contra la vida, pasamos a
navegar a favor de la corriente.
Si podemos interferir en algo,
lo haremos, siendo conscientes
de que será una modesta
contribución y no un
acto heroico. Si queremos
llamar a esta actitud “acomodación”,
vale. Personalmente, considero
que se trata de una visión
más madura y adecuada
de la vida. La edad de la
razón tiene sus compensaciones.