He
venido acompañando la
vida de muchos pacientes y puedo
afirmar que la causa más
frecuente de separación
está relacionada con
la elección de la pareja.
Hay varias excepciones, pero
gran parte de las personas se
precipitan, tomando una decisión
tan importante tras pocas semanas
de convivencia.
Hace
pocas décadas, una mujer
que llegase a los 25 años
y no estuviese todavía
formalmente comprometida,
empezaba a sentirse “encallada”.
Muchas se han casado de forma
alocada con el primero que les
ha parecido razonable. Algunas
se resistían e, incluso
temiendo a la soledad, continuaban
manteniendo un elevado patrón
de exigencia respecto de las
cualidades que esperaban de
la pareja.
Hoy
vemos apenas una forma atenuada
de lo que acabo de describir.
Sin embargo, aún es cierto
que las mujeres se asustan
un poco cuando tardan en encontrar
un novio formal, y que sus familias
se afligen con ello. Todos empiezan
a preocuparse por la edad que
ella tendrá cuando quede
embarazada, por el hecho de
que “todas las amigas
ya están casadas”,
o con la hipótesis de
que haya algo equivocado en
ella. Y ese “algo equivocado”
para la familia puede ser, por
ejemplo, su manía de
exigir demasiado, de esperar
por el príncipe encantado,
que claro, no existe.
Esa
idea contiene el germen de la
desesperación del pasado.
No puedo dejar de ver en ella
una especie de insinuación
para que la joven reduzca
sus expectativas, como
si estuviese de saldo y fuese
una mercancía que tiene
que salir a cualquier precio.
Nunca
deberíamos ligarnos a
alguien motivados apenas por
el miedo. Mejor dicho, en vez
de aspirar a menos, lo ideal
sería aprender
a vivir bien, incluso
a solas. Las personas idealizan
un modelo de pareja y, según
mi experiencia, puedo afirmar
que, en general, ese modelo
no es nada absurdo. Son pocos
los que efectivamente esperan
demasiado del otro.
Las mujeres que pasan cierto
tiempo solteras pueden dar continuidad
a sus proyectos profesionales
y tener una vida más
rica y variada que las que se
casan precozmente. Si no
hay tanta prisa y tampoco
nos sentimos tan sensibles a
las presiones del medio, tal
vez podamos obtener una idea
más clara de quién
somos, de lo que efectivamente
nos gusta y de lo que pretendemos
en todos los sentidos de la
vida.
Las
personas más competentes
para quedarse consigo mismas
tienden a elegir mejor y más
tardíamente a su pareja.
Eso, en la práctica,
solamente ha aportado beneficios,
dando lugar a un creciente número
de matrimonios afortunados.
Las elecciones más tardías
suelen hacerse por afinidad,
mientras que las precoces nos
llevan, por fuerza de la habitual
falta de autoestima juvenil,
al encantamiento por las personas
opuestas a nosotros. Las afinidades
son el requisito previo para
las buenas relaciones. Existe
una fase intermedia, en la cual
hombres y mujeres ya no se interesan
por sus opuestos y todavía
no están preparados para
sus afines. En ese período,
no encuentran gracia en nadie
y son, de hecho, muy exigentes.
Se trata de una transición
evolutiva. Tan sólo hay
que esperar, que las
buenas parejas aparecerán.