Nosotros,
los humanos, siempre nos
asombramos ante nuestra
circunstancia, cual sea
la de estar sometidos a
acontecimientos sobre los
que no tenemos ningún
control. Esta condición
de incertidumbre en relación
al futuro nos lleva a prodigar
gran cantidad de energía
intentando, gracias al uso
de la mente, obtener cuando
menos algunas señales
de lo que está por
venir. Intentamos, por todas
las vías, protegernos
contra los acontecimientos
negativos a lo que, cuando
son más frecuentes
de lo que nos gustaría,
denominamos mala suerte.
Intentamos colocarnos de
forma a aumentar al máximo
las posibilidades de sucesos
positivos, a lo que llamamos
suerte.
A
todos nos gusta mucho la
idea de ser personas con
suerte. Parece que nos sentimos
más protegidos, como
si la condición de
incertidumbre nos favoreciese
de una forma especial. Tememos
incluso la convivencia con
personas más propensas
a la mala suerte y a muchos
no les gusta siquiera usar
esa palabra. No sé
si sabemos muy bien catalogarnos
en una u otra categoría,
puesto que la gran mayoría
de nosotros vivencia tanto
eventos inesperados de carácter
positivo como negativo en
la misma proporción.
Lo que más perplejidad
nos causa es que algunas
personas parecen de veras
sujetas a más acontecimientos
raros de un tipo que del
otro. O sea, parece que
ciertamente existen personas
afortunadas y otras con
muy mala pata.
Nos
sentimos de forma muy semejante,
pero pensamos acerca del
tema con enormes y radicales
diferencias. Claro que todos
estamos de acuerdo en que
una parte de lo que nos
sucede depende esencialmente
de nuestros propios actos.
No cabe considerar gafe
a un estudiante que, no
habiéndose dedicado
suficientemente, haya suspendido.
Podemos considerar que tiene
suerte si consigue aprobar
(eso, claro está,
si no ha copiado en los
exámenes). Aún
así, no estamos ante
un acontecimiento tan inesperado,
pues el estudiante puede
estar beneficiándose
de su inteligencia privilegiada.
Consideremos
tan sólo aquellos
acontecimientos que no dependen
de nosotros (de nuestras
aptitudes y empeño).
En este contexto es donde
nos sentimos más
amenazados y donde intentamos,
por todos los medios, protegernos.
Las personas que son movidas
por fuertes creencias religiosas
gustan mucho de decir que
“nada ocurre por casualidad”.
Es curioso que los escépticos,
casi siempre ateos, piensan
exactamente lo contrario:
todo nos sucede por casualidad.
O sea, cuando sufrimos un
accidente de tráfico,
los primeros ven en eso
un signo de que algo debe
ser modificado en nuestra
forma de proceder. Los segundos,
se basan apenas en las probabilidades
estadísticas que
nos dan tantas y tales posibilidades
de colisionar.
Es
un hecho que las personas
prefieren considerar que
no chocan con otros vehículos
gracias a que conducen muy
bien. Sí, porque
si todo ocurre por acaso,
nuestras cualidades son
menos relevantes. Así,
preferimos las explicaciones
que mejoren nuestra autoestima
(nuestras cualidades o la
bendición de los
dioses) y, desde el punto
de vista emocional, rechazamos
las leyes de las probabilidades.
Los escépticos se
enorgullecen de ser capaces
de mirar la vida sin esas
defensas y se sienten superiores
por esa razón. Consideran
que una persona con suerte
es aquella a quien sucedió
un acontecimiento raro,
de carácter positivo
y que puede determinar gran
alteración de rumbo
en su vida. Una persona
se enriquece por fuerza
de sus competencias, pero
también gracias a
un golpe de suerte. El suceso
raro negativo puede llevar
a la persona rica a empobrecerse.
No son signos de nada, son
las simples y frías
probabilidades estadísticas.
Los
creyentes, por otra parte,
ven la mano de los dioses
en todo lugar, incluso en
acontecimientos relativamente
probables. Rezan mucho y
tratan de protegerse de
todas las maneras, siempre
con el propósito
de aumentar sus posibilidades
de ser favorecidos.
No
he conseguido verme como
miembro de ninguno de estos
dos grupos radicales. Pienso
que la mayor parte de los
acontecimientos son casuales
y no creo que exista la
necesidad de explicaciones
complejas para los topetazos
de los coches, para el hecho
de haber pisado las cacas
de un perro al pasear por
una ciudad descuidada, para
el hecho de que hayamos
ganado en un juego de bingo.
Ahora bien, ¿cómo
explicar aquellos hechos
que ocurren con una frecuencia
completamente fuera de las
probabilidades estadísticas?
El hecho de que una persona
gane en el bonoloto es una
suerte que está dentro
de probabilidades bajas,
pero que puede suceder.
Sin embargo, ¿qué
decir de las que, de manera
honesta, ganan más
de una vez? ¿Cómo
explicar el enorme número
de veces que me despierto
pensando en una persona
y en las primeras horas
de la mañana recibo
una llamada de teléfono
suya? ¿Qué
decir de aquellas personas
a las que todo parece salir
mal por sistema, independientemente
de sus acciones? Esas son
tan sólo algunas
de las cuestiones que podemos
proponer y que nos causan
perplejidad.
No
hay medio de explicar estos
fenómenos. Sin embargo
no me parece buena idea
reducirlos apenas a acontecimientos
raros que han ocurrido por
casualidad. Pienso que lo
más sabio es considerarlos
como existentes; y más,
que no tenemos medio alguno
de intentar explicarlos
por el momento. Creo que
el mejor destino para ellos
es el “cuaderno de
las dudas”, donde
guardamos todo lo que parece
existir y que no tenemos
la menor idea de cómo
explicar. Las explicaciones
precipitadas son anticientíficas
y la negación de
su existencia es falta todavía
más grave.
La
existencia de esta punta
de iceberg, la de que acontecimientos
raros positivos o negativos
pueden tornarse más
frecuentes en algunas personas
y en determinadas circunstancias,
es lo que conduce a la aparición
periódica de libros
y películas que tratan
de los poderes especiales
de nuestras mentes. Venden
la idea, falsa, de que tenemos
medios para llegar a ellos
y, con eso, favorecernos.
No es verdad, puesto que
todavía no tenemos
siquiera cómo empezar
a pensar sobre el tema.
Además, es siempre
bueno recordar que si todo
el mundo tiene acceso a
la fórmula de la
fortuna fácil, ¡ésta
dejará inmediatamente
de tener cualquier valía!
La fortuna es privilegio
de unos pocos y, si todos
aprenden el camino en dirección
a ella, ¡la carretera
va a estar congestionada!