|
Después
de varios años de reflexión,
llego a la conclusión de
que lo femenino se ha definido
en función de lo masculino,
y viceversa. O sea, que los hombres
actuaron e hicieron lo que hicieron
para impresionar y conquistar
a las mujeres. Y ellas se comportaron
de forma a ser las elegidas, las
preferidas por los "mejores" hombres,
aquellos que fuesen conformes
a sus expectativas. Las relaciones
conyugales eran establecidas según
amaños familiares y, en
el contexto matrimonial, el hombre
era el señor y sometía
a la mujer, tanto moral como sexualmente.
La vida amorosa no estaba obligatoriamente
restringida al ámbito del
matrimonio, de modo que, fuera
de él, la posición
más fuerte era la de la
mujer: las más codiciadas
por los hombres - que no eran
sus esposos - podían elegir
entre sus varios pretendientes.
Elegían según sus
propios criterios y ellos andaban
tras de impresionarlas para tener
acceso a sus "favores". Los hombres
pasaron a actuar de la manera
que las impresionaba: se tornaron
fuertes y poderosos cazadores,
intentaron tornarse poderosos
miembros de la comunidad y así
sucesivamente.
Buscaron el destaque según
los criterios capaces de encantar
a las mujeres que no eran sus
esposas (a éstas no había
necesidad de agradar). Se formó
así un derrotero del éxito
masculino, construido de acuerdo
con las preferencias de aquellas
mujeres que más les interesaban.
Los derroteros femeninos también
se formaron conforme a las expectativas
masculinas, no las de los esposos,
a quienes servían por deber
e imposición familiar.
Trataban de impresionar a los
otros hombres, de llamar su atención,
de despertar sus miradas de deseo.
Podían, es verdad, resignarse
y aceptar la vida familiar como
siendo la única - y muchas
han sido las que obraron así,
dedicadas a los hijos, a los padres
y a los maridos, no raramente
tiránicos. Las que no se
conformaban con esta forma opresiva
de vivir, sofisticaron su apariencia
física y todo lo demás
que podría hechizar a los
hombres en general. Se dieron
cuenta de que detentaban un poder
sensual y pasaron a usarlo, una
vez que la aproximación
física de cualquier hombre
que no fuese su marido dependía
de que ellas estuviesen de acuerdo.
Aceptarían que las abordasen
los que tenían más
éxito y éstos querían
aproximarse a las más atractivas
y que prometiesen mayores deleites
sexuales. Se formó este
otro modo de comportamiento femenino,
más común en las
mujeres que se disponían
a la infidelidad conyugal que,
en ciertas épocas y en
ciertas clases sociales, no estaba
tan mal vista.
A fin de cuentas, los derroteros
de los comportamientos femeninos
acabaron tornándose dobles
- el de esposa dominada y el de
la amante que dicta las reglas
- y los de los hombres también
- el del esposo dominador y el
del amante dominado. Esto puede
haber creado confusiones en todos
los cerebros y puede haber parecido
que las mujeres han sido muy oprimidas
a lo largo de los milenios y que
sólo ahora se estaban liberando.
Puede parecer también que
los hombres siempre han estado
por encima, que eran el sexo fuerte
y esto sólo era verdad
desde el punto de vista de la
fuerza muscular y de la relación
conyugal. La verdad es que hombres
y mujeres han construido valores
con el objetivo de impresionarse
unos a otros, de quedar bien a
los ojos del otro sexo.
Esto es válido hasta hoy.
Los valores se consolidan y después
se transforman en exigencias tratadas
como sociales. La sociedad exige
a los hombres, les demanda que
sean activos conquistadores y
en el contexto femenino se espera
de ellas sensualidad y osadía
por un lado, y virtudes de las
esposas tradicionales por otro.
En este sentido, las presiones
sobre los hombres son de un sólo
tipo, al paso que sobre las mujeres
pesan dos tipos de exigencia,
en muchos aspectos, antagónicos.
La
verdad es que ni los hombres ni
las mujeres han sido - ni lo son
- libres para definir su forma
de ser y de obrar en lo que atañe
al comportamiento social y cómo
posicionarse frente al otro sexo.
Hemos sido esclavos los unos de
los otros y presionados por el
medio para que esto se perpetúe.
Considero que el camino ahora
sería el de intentar imaginar
a hombres definiendo una masculinidad
que no esté a servicio
de impresionar a las mujeres y
a mujeres buscando una forma de
ser propia, que no sea la de la
sumisión ni la de la imitación
de los patrones masculinos. El
feminismo consideraba que la liberación
de las mujeres era equipararlas
a los hombres como si éstos
fuesen libres. Se trataba de una
grave equivocación.
Un
último registro confirma
el hecho de que todo esto tiene
que ver con la cultura y no con
la biología. Está
claro que existe el dato biológico
y éste está ligado
a la superioridad muscular masculina,
al hecho de que el hombre tiene
un deseo visual muy intenso y
que éste se extingue con
la eyaculación. Todo lo
demás es construcción
de la cultura, mucho más
importante en nuestra especie
que la biología. Nada de
comparar a los hombres con otros
mamíferos. Tenemos raciocinio,
discernimiento. Hemos construido
un orden social que después,
en cierta forma, nos esclaviza.
A propósito, estoy un poco
cansado de este discurso acusador,
en el cual siempre nos reconocemos
como víctimas de las presiones
sociales. Creo que es hora de
que cada uno de nosotros se sienta
con fuerzas y derechos para pasar
a actuar por su propia cuenta,
siempre que ello no implique perjuicio
a terceros. Basta de someternos
y de aliviar nuestros dolores
mediante quejas. Manos a la obra,
pues tenemos que inventar nuevos
derroteros para nosotros, hombres
y mujeres. |