A
lo largo de los primeros años
de la llamada revolución
sexual (1960 en adelante)
había una idea clara
de que la emancipación
de la sexualidad implicaría
una disminución de
la competitividad entre las
personas que, por eso mismo,
se volverían más
dulces y amistosas. Ello determinaría
un clima social de complicidad
y compañerismo en vez
de las tensiones propias del
capitalismo y de la sociedad
de consumo que estaba naciendo.
El resultado es más
que conocido: el libre ejercicio
de la sexualidad, especialmente
del exhibicionismo femenino,
ha provocado el efecto exactamente
opuesto. O sea, los hombres
resultaron extremadamente
sensibilizados y estimulados
debido al hecho de que las
chicas se mostrasen más
atrayentes y disponibles para
el sexo y se lanzaron a una
disputa brutal para conseguir
el éxito necesario
a fin de ser los elegidos
de las más bellas.
La búsqueda de éxito,
fama y fortuna se intensificó
y el capitalismo competitivo
y consumista se estableció
de forma plena. Las chicas
han pasado a preocuparse más
todavía con la apariencia
física – incluso
también aquellas empeñadas
en desarrollar actividad profesional
e independencia económica
– y los hombres, después
de la lucha por el éxito
material, también se
han venido empeñando
en aparecer bellos a los ojos
de las mujeres. El mundo se
ha vuelto más que nunca
aristocrático, donde
belleza y riqueza (cualidades
raras) son los ingredientes
más valiosos.
En verdad, la única
novedad es la preocupación
masculina por la apariencia
física. Sí,
porque la historia de la humanidad
ha sido esta. Los hombres
buscan el destaque y el poderío
para poder presentarse y ser
recibidos sexualmente por
las mujeres más bellas
y atrayentes, que son las
más codiciadas por
casi todos. Las mujeres menos
bellas se sienten tristes,
tal como los hombres menos
ricos. Éstos forman
parte de la inmensa mayoría
de la población y parecen
gastar la vida soñando
con el día –
o la hipótesis casi
mágica – en que
podrán formar parte
de aquella elite que tendría
todo cuanto se puede pretender
de esta vida. Me entristece
ver de forma tan clara y un
tanto banal las razones que
han llevado a estas elites
a crear organizaciones sociales
brutalmente desniveladas,
donde la desigualdad impera.
La tristeza es mayor todavía
cuando percibo que la mayoría
de la población, aquella
compuesta por los excluidos,
apoya y secunda estos puntos
de vista. Es decir, les parece
estupendo que la injusticia
y la desigualdad social se
deriven de cualidades innatas,
especialmente la belleza física
femenina. Encuentran bueno
que la belleza física
valga más que las virtudes
de carácter. Mientras
piensen así está
claro que el mundo continuará
en la misma dirección
en que ha venido caminando
y todo lleva a creer que nos
conducirá, en pocos
años, al abismo.
Una conclusión importante
que podemos extraer de estas
últimas décadas
es la siguiente: los autores
que relacionaron la sexualidad
con la política (Marcuse,
Reich, Foucault entre otros)
tenían razón.
La forma en cómo vivimos
nuestra sexualidad en una
determinada sociedad no es,
en absoluto, inofensiva. No
existe ingenuidad en relación
a ese tema. Una práctica
sexual que estimule el juego
de seducción y conquista,
que valore belleza y riqueza
(propiedades aristocráticas)
estará generando una
población de infelices
y frustrados. Ellos podrán
continuar soñando con
el día en que sean
incluidos en el club de los
privilegiados, pero podrán
obrar de otra manera. Imaginad
si las mujeres, de repente,
pasan a valorar más
a los chicos buenos, gentiles,
delicados y atentos con ellas,
compañeros y cómplices
(que gocen en escuchar acerca
de sus vidas en vez de solamente
gustar de hablar de sí
mismos y de sus glorias).
Esto tendría un potencial
revolucionario extraordinario,
pues los hombres, como sabemos,
lo que de veras quieren es
tener éxito con las
mujeres. Si ellas pasan a
valorar cualidades más
dignas en lugar de cuerpos
macizos y mucho dinero en
el bolsillo (independientemente
de su fuente) ¡estarían
promoviendo una revolución
moral, social, económica
y política!
Muchos
pensadores contemporáneos
vienen desarrollando esta
idea. O sea, piensan muy seriamente
en el hecho de que si algo
de muy relevante y revolucionario
puede llegar a suceder en
los próximos tiempos
deberemos su advenimiento
a las mujeres. Ellas detentan
un poder social, económico
y político creciente.
Ellas son mayoría en
casi todas las universidades.
Ellas podrán reproducir
los procedimientos masculinos
o contribuir de forma radical
a que podamos volver a soñar
con sociedades más
justas. El hecho de que ellas
estén desarrollando
situaciones de auto-suficiencia
económica creará
condiciones para que las opciones
sentimentales puedan ser menos
enfocadas hacia los tradicionales
intereses materiales y más
relacionadas con la presencia
de un compañero cariñoso
y respetuoso. Si esto llega
a suceder, estaremos en el
principio de un nuevo mundo.
Considero
también que para que
esto pueda ocurrir tenemos
que superar lo más
deprisa posible esta fase
en que la sexualidad desvinculada
de relaciones representativas
está comiendo el coco
a un gran número de
chicas y muchachos, como si
estuviesen pringándose
en melado (nunca hubo tanta
facilidad para ello como ahora).
En cuanto a eso no me preocupo
mucho, porque pienso que de
veras se trata de una fase
y que los propios muchachos
cada vez estarán más
interesados de verdad en relaciones
más estables y duraderas,
y en las cuales se podrán
construir bases para una intimidad
más profunda, que tanto
nos gratifica y cobija.