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Al hacer uso de las drogas,
el joven puede estar en busca
de varios tipos de gratificación:
desafiar a sus padres, exhibirse
ante la pandilla y mostrarse
diferente, adulto.
Tenemos
dos tendencias antagónicas:
una, referida a la integración
y al cobijo que confiere. Otra,
referida a la individualidad
y al placer de sentirse especial.
La tendencia hacia la integración
corresponde a nuestros deseos
amorosos, a nuestra ansia de
atenuar la sensación
de desamparo, con el calor que
la intimidad con determinadas
personas nos produce. Este lado
es el que predomina durante
los años de la infancia.
El niño gusta mucho más
de sentirse igual y bien aceptado
que de sentirse especial y destacado.
No le gusta ser el más
pobre de la clase, pero ¡tampoco
le gusta ser el más rico!
No quiere ser el más
bajo ni el más alto.
Para él, lo fundamental
es ser bien acogido, amado.
Ser diferente de la media podría
impedirle alcanzar ese objetivo.
Al
llegar a la pubertad, la situación
se invierte. Uno de los ingredientes
más importantes de nuestra
sexualidad adulta es la vanidad.
La vanidad corresponde a un
fuerte placer erótico
vinculado con el destacarse,
el llamar la atención
y atraer miradas de admiración
y deseo. Es evidente que alguien
solamente llama la atención
si tiene algunas características
diferentes de las demás
personas. Destacarse es lo opuesto
de integrarse. El deseo de ser
alguien especial y único
pasa a ser predominante durante
los primeros años de
la adolescencia. Esto, juntamente
con los impulsos agresivos contra
la familia, explica la inclinación
hacia conductas extravagantes
durante esos años. Ser
diferente de la media incomoda
a los padres y además
hace que el joven se sienta
especial y rico en erotismo
– propio de la vanidad.
En
realidad, el deseo de destacar
no hace desaparecer la otra
inclinación – la
de integración. Lo que
ocurre es que pasamos a convivir
con las dos. Y esto puede ser
el motivo principal de nuestra
gran tensión entre dos
puntos de vista – o dos
voluntades – antagónicos.
Queremos el regazo del amor
y el erotismo del destaque.
En la adolescencia los jóvenes
luchan para tornarse independientes
– cosa que hará
bien a la vanidad – pero
no pueden negar que no están
preparados para eso. Encuentran
una solución interesante:
se independizan de sus familias
y se envuelven más intensamente
con el grupo de jóvenes
con el cual conviven. Radicalizan
sus posiciones con relación
a la familia y se integran al
grupo, pasando a comportarse
según las normas de éste.
¡Se tornan “diferentes”
pero iguales a los miembros
de la pandilla!
Los
jóvenes se interesan
por probar todo tipo de drogas,
entre otras razones, porque
están prohibidas y censuradas
por sus familias. La necesidad
de ir contra estos patrones
es enorme. Pero son curiosos
y quieren saber todo respecto
de la vida de los adultos, condición
a que están llegando
ahora. Sienten también
los agradables “escalofríos”
de la vanidad cuando ya se les
mira como adultos, como seres
independientes. Y este último
ingrediente es extremadamente
significativo para que prueben
las drogas e incluso se esfuercen
por gustar de ellas. Eso ocurre
no solamente con la marihuana
y la cocaína, prohibidas,
sino también con el tabaco
y el alcohol. Todo el ritual
del consumo en grupo de esas
drogas muestra la dependencia
que tienen los jóvenes
respecto de la pandilla. Aparte
del hecho, importantísimo,
de que uno de los objetivos
de esas actividades es exhibirse
ante el grupo como alguien capaz
de conductas de adulto.
El
tabaco es un ejemplo adecuado
para lo que pretendo demostrar.
La iniciación no siempre
es fácil, pues los bronquios
rechazan el humo inhalado. Es
necesario esfuerzo y determinación
para vencer la tos, la náusea
y el mareo que el tabaco provoca
en las personas no acostumbradas
a él. Pero si un muchacho
es capaz de franquear esos obstáculos,
pasará a sentirse como
una persona más adulta.
Le parecerá que a él
le ocurre lo mismo que ve en
los anuncios: ¡las chicas
se fijan en su presencia de
forma más notable! Se
le considera un hombre. Y un
hombre muy especial, pues fuma
la marca tal, propia de los
más nobles. El simple
acto de colocar la cajetilla
de tabaco en el bolsillo provoca
una sensación erótica.
El individuo ya se siente más
fuerte, más guay y con
mayores posibilidades de éxito
en sus actividades en general,
y en las embestidas eróticas,
en particular. Las chicas, por
su parte, también se
sienten encantadas con el acto
de fumar. Para ellas, se trata
de un símbolo de independencia
y de osadía. ¡Un
símbolo de emancipación
sexual! La mujer que fuma la
marca tal es libre y despierta
deseos irresistibles en los
hombres.
Afortunadamente
ya estamos avanzando en lo referente
a la cuestión del tabaco.
Es cada vez más hortera
ser fumador, y eso resta erotismo
a ese vicio. Pero tomar determinados
aperitivos aún tiene
en sí mucho glamour.
Lo mismo ocurre, de forma más
reservada, con la marihuana
y la cocaína. Con semejante
refuerzo para nuestro lado erótico,
es fácil comprender por
qué la inclinación
al vicio es tan fuerte.