La
búsqueda de destaque
social a través del
éxito en algún
campo de actividad (que es
la forma usual de la manifestación
adulta del exhibicionismo
a que denominamos vanidad)
tendría por finalidad
atenuar la sensación
de desamparo, soledad e insignificancia,
sensaciones generadoras de
brutal desesperación,
especialmente para aquellas
personas que, en virtud de
su inteligencia, son más
conscientes de esas propiedades
de la condición humana.
Tan sólo algunas observaciones,
serán suficientes para
demostrar que este camino
no conduce a parte alguna,
no siendo a una relativa neutralización
de la sensación de
insignificancia que, aún
así, necesita permanentemente
de refuerzos derivados de
nuevas realizaciones, capaces
de llamar la atención
de las demás personas.
Si la intención inicial
de quienes buscan el destaque
a través de sus desempeños
por encima de la media, es
obtener admiración
y amor de aquellos que les
son próximos, el resultado
en la práctica difiere
bastante de eso. El sentirse
amado puede efectivamente
representar una importante
atenuación del desamparo
original, siendo un remedio
eficaz para la desesperación
que se deriva de la consciencia
de la soledad, de modo que
sería legítimo
buscar esta solución,
aún más porque
estaría en la misma
dirección que la que
determina el placer erótico
ligado al éxito. Lo
que perturba esta solución,
aparentemente muy buena porque
resuelve los dos anhelos –
afectivo y erótico
-, es que la admiración
determina la aparición
de la envidia y no del amor.
Amor y envidia derivan de
la misma fuente: la admiración.
No obstante, en la práctica,
la envidia es la emoción
que más frecuentemente
se manifiesta, especialmente
cuando las diferencias entre
las personas son más
marcadas. Para que la admiración
resultase en amor sería
necesario que las personas
en general estuviesen relativamente
bien consigo mismas, de modo
a no sentirse humilladas,
agredidas, por las capacidades
especiales de las otras.
Considero que la mayoría
de las personas que buscan
el destaque social sólo
percibe muy tardíamente
que su éxito despierta
con mucha más frecuencia
la envidia que el amor; y,
todavía más:
que vive esta constatación
sorprendente como profundamente
decepcionante y generadora
de una grave crisis íntima.
No es fácil aceptar
que el resultado de tanto
esfuerzo y dedicación
a una causa cualquiera –
desde las más nobles
hasta el simple éxito
material – sea la hostilidad
sutil, manifestada principalmente
por las personas más
allegadas, amigos y familiares.
Y ahora ¿qué
hacer? ¿Abandonarlo
todo y comenzar una nueva
vida? ¿Con qué
fuerzas? ¿Y hacia dónde
dirigir esas energías,
si el resultado de un cambio
de ruta puede ser el mismo,
o sea, la envidia?
La
mayor parte de las veces ya
no hay manera de practicar
la reversión del proceso,
principalmente porque las
personas están ya muy
acostumbradas a las gratificaciones
eróticas derivadas
del éxito social. La
vanidad funciona, en estos
casos, como un vicio cualquiera:
el individuo percibe que es
nociva para él –
a causa de la envidia que
su condición despierta
– pero ya no consigue
abrir mano de los placeres
que advienen de ella. El sentirse
hostilizado empeora la sensación
de soledad y desamparo, lo
cual suele determinar un agravamiento
de la desesperación,
acrecida ahora de la indignación
contra las personas envidiosas.
La desesperación y
la indignación generan
una energía todavía
mayor, que es usada en la
dirección de obtener
un destaque más acentuado,
lo cual aumenta la soledad.
La envidia es un signo de
la admiración y del
destaque obtenidos, de modo
que pasa a ser buscada activamente,
a pesar de la pena íntima
que pueda causar. Para continuar
siendo admirado y destacado,
tendrá que comportarse
cada vez más conforme
a lo que el grupo social valora
– aunque ya se haya
percibido su carácter
absolutamente ilusorio y,
en la práctica, insatisfactorio.
De esta forma el grado de
libertad individual se torna
mínimo, al mismo tiempo
que el individuo se ve cada
vez más solo, gratificándose
apenas – en dosis cada
vez mayores, como en cualquier
vicio – de los placeres
eróticos ligados al
exhibicionismo.